martes, 23 de marzo de 2010

ALESIA, novela histórica epistolar

Cárcel Mamertina, Roma 708 a.u.c. (46 a.d.C.)

A la divina Cleopatra Philopator Nea Thea, reina de Egipto, la nueva Isis:

Ante todo agradecerte la merced que me has hecho. Gracias a tu intercesión ha mejorado mi alimentación y me han facilitado una manta con la que paliar la dureza de las noches en Roma.

También quiero disculparme por la tardanza en responder, aunque supondrás que en mi situación no puedo disponer, en este caso los correos, a mi voluntad. El esclavo samnita que me miraba socarrón, creyéndose mas libre que yo ha sido relevado. Ignoro la causa. Ahora uno de mi raza me trae el mendrugo de pan y la jarra de agua y ejerce de carcelero, con mayor rigor si cabe que el sureño.

Nada mas lejos de la realidad que el estado de confusión que me supones. Tengo una idea muy definida de lo que pretendo de César, dicho sea con toda la humildad propia del momento, y de cómo tú, Divina Isis, puedes ayudarme, pero pienso que hasta que no conozcas los pormenores de la historia no puedes hacerte clara idea de lo que te voy a solicitar para que me lo consigas de la indulgencia de César.

Tienes razón, no te expresé una clara petición porque antes deseaba conocer tu disposición a ello, confío que puedas ayudarme pues yo mismo no he sido capaz de hacerlo.

La muerte no es un hecho destructivo en nuestra cultura. Nos enseñan los druidas que todo principio es un final y todo final un principio

El otro mundo y este están ligados, de ahí que próximos a morir podemos contactar con los seres queridos ya fallecidos, para que nos guíen en tan trascendental paso. Y yo no puedo presentarme ante ellos sin honor. Ajusticiado como un criminal. Sin embargo estoy condenado a muerte, por mi rebeldía, por mi derrota y no es clemencia lo que pido, al contrario exijo el rigor de la muerte, pero con honor.

Nueva Isis, te suplico busques la manera, que intercedas para que me permitan morir luchando, aunque sea en la arena del Circo. He oído comentar a los carceleros, los combates de gladiadores que se anuncian tras la ceremonia del Triunfo. No me importa participar en espectáculos, juegos o exhibiciones con tal que sean a muerte. Me importa la honra de mi alma. Incluso un duelo singular sería aceptable.

César nos debió suponer aterrados, el concienzudo y metódico exterminio a que sometió al desdichado pueblo eburón, no era para menos. Mas que venganza, aquella salvajada fue una demostración del grado de inhumanidad capaz de acarrear sobre su nación todo aquel que se enfrentara a Roma.

Aterrados no, inquietos si.

En Durocortorum, la capital de los remos, un miserable pueblo vendido a Roma sin ninguna vergüenza, César convocó una asamblea de las tribus galas. Creyéndose dueño del Universo, juzgó a hombres libres y honrados culpables de haber defendido sus hogares y formas de vida a la irrupción extranjera. El honorable Accon, jefe de los senones fue considerado instigador de disturbios, condenado y ejecutado al modo romano.

Todo aquel año los druidas se esforzaron en fomentar la rebelión en secretos conciliábulos, la sensación de vergüenza era insoportable, no contentos con la ejecución del jefe de los senones, un pueblo hermano enfrentado con el nuestro en ocasiones extremas. Labieno el mas rudo lugarteniente de César, intentó un burdo asesinato contra Commio, jefe de los atrebates, otro pueblo amigo. Se gestaba la necesidad de alcanzar el respeto de Roma con las armas en la mano. Ellos apenas unos miles de mercenarios, nosotros unidos un pueblo en armas...

La rebelión de las Galias que encabecé no fue tanto contra el invasor romano como contra los oligarcas cuyas prerrogativas ahogaban a mi pueblo. Con la aquiescencia de esos oligarcas corruptos, los nuevos propietarios romanos talan nuestros arboles sagrados para cultivar frutales y vid, labran nuestros pastos y los llenan de apriscos de ovejas, llevándose nuestros mejores bueyes y cerdos a sus granjas. No dudan en matar o esclavizar a nuestras gentes.

Roma no es mas que el invasor, el elemento aglutinante. Con sus iniquidades y tropelías tan solo contribuye a fomentar nuestra unidad. El enemigo verdadero del pueblo galo es la prorromana oligarquía dominante.

Quieres saber donde reside el poder de Roma. Quizás la respuesta mas sencilla sea mostrarte como un puñado de romanos ha sojuzgado a la nación gala. ¿Armas, tácticas, generales, César?, sin duda un compendio de todo ello como verás en el desarrollo de los acontecimientos que han acabado con mi persona en tan fea situación.

Fue un invierno hermoso, por su dureza, los campos escondidos bajo una gruesa capa de nieve. ¿Conoces la nieve, el manto blanco que arropa los mas fríos inviernos?

Un pueblo hermano los carnutos iniciaron la rebelión. Como ya indiqué, tiempo atrás cuando los romanos "civilizaban" la Provincia, ellos la denominan Narbonense, los nobles de Auvernia se unieron para derrocar la monarquía, mi padre Celtilo resulto muerto y yo, con suerte, salvé la vida.

Roma siempre apoyó las prerrogativas de esa minoría de aristócratas sobrevenidos a sabiendas que somos la mas importante y poblada nación de la Galia. Nuestros rivales los eduos, también un pueblo predominante en el centro de la Galia, vendidos desde el principio a las imposiciones de Roma, tan solo para lograr una supremacía sobre nosotros, que de otro modo no alcanzarían ni a soñar.

Los galos siempre hemos sido hombres libres, sin ataduras, guerreamos contra nuestros vecinos por cuestiones de honor y en ocasiones por simple latrocinio, la posesión de un río, o mejores pastos. Roma, nos impone sus leyes, sus normas, su comercio, invade nuestros campos con sus caminos de piedra, eso ayuda al comercio, si, pero también al desplazamiento de sus legiones. Visto lo sucedido en la Provincia, al poco tiempo de dominación romana, su "progreso", sus adelantos, sus obras publicas han acabado con nuestras costumbres, por ancestrales, sagradas. Los jóvenes aprenden antes a expresarse en el latín invasor que en la lengua con que su madre los cría. Muchos prefieren alistarse en las legiones, por un sueldo, en vez de apacentar los rebaños familiares o cultivar las tierras comunales. Las mujeres anhelan adornos fútiles...

Roma nos aboca a la servidumbre. Los druidas alientan el espíritu de rebeldía, reunidos en asambleas exponen los agravios sufridos, ¡muerte con honor antes que esclavitud!

Con gusto, por informarte, reviviré tan dolorosos acontecimientos a fin de que te sean de utilidad. Habiendo leído las opiniones de César respecto al conflicto podrás formarte un juicio valioso.

Siguiendo el impulso criminal propio de los honrados guerreros, asaltamos la ciudad de Cenabum, con el único objeto de asesinar a cuantos romanos hallamos. Por supuesto de paso nos hicimos con sus bienes. Recuerdo con aprensión la imagen de valerosos guerreros arrastrando por el fango de las calles de Cenabum los gordos cadáveres de mercaderes romanos. Lo que Roma y César habrán silenciado es que aquellos mercaderes y funcionarios romanos estaban negociando con la minoría dominante una serie de acuerdos encaminados a facilitar el acaparamiento de tierras y ganados. Los que no huyeron a tiempo advertidos por sus lacayos pagaron con su vida.

La fácil y fatua victoria nos llenó de ánimo belicoso, numerosos pueblos se unieron a la rebelión y pronto se hizo necesario elegir un líder. Yo fui el designado, mi juventud, tachada de falta de experiencia por mis enemigos, valió para juzgar siempre en negativo cualquier decisión y así nos fue.

César nos describe como: "codiciosos de todo lo nuevo". Con ello se hace eco de nuestro carácter inestable, caprichoso, ante cualquier novedad. No diría yo tanto.

En una de aquellas asambleas los carnutos inician la rebelión, y como todos los inicios descerebrados el éxito inicial anima a todos. Varios cientos de funcionarios y comerciantes romanos son asesinados y su bienes expoliados, sin duda nuestros fieros guerreros pensaron que los disciplinados legionarios de César tendrían las carnes tan blandas a nuestros hierros como aquellos gordos mercaderes de Cenabum. Las noticias corren por la Galia, en mi tierra, ignoro como lo hacéis en Egipto, disponemos unas torres en lugares elevados, colinas y montes bajos y con gritos que todos entienden nos comunicamos las nuevas, de ese modo en un día lo sucedido en un punto remoto de la Galia se sabe en toda ella.

Reuniones, asambleas, animosos banquetes en los que celebramos no tanto la presumible, aunque no por sangrienta, menos deseada victoria como la unión de tan diferentes y algunas ancestralmente antagonistas, otras largamente enfrentadas, tribus y pueblos: carnutos, arvernos, senones, parisios, pictones, carducos, turonos, aulercos, lemovices, andes y todos los habitantes de las costas del océano, ¡incluso belgas!. A la expectativa se mantuvieron belovacos, rutenos y gabalos, aunque prometieron enviar contingentes mas adelante.

Mientras nosotros nos unimos, los enemigos se hallan divididos, acantonados en sus cuarteles de invierno, diseminadas por el centro y el norte de la Galia. Planeamos atacar a las legiones una por una antes que puedan reunirse, sabemos que César se encuentra lejos en Roma, ignorando cuanto sucede aquí.

La idea principal es llevar la guerra a la Provincia, lejos de nuestros campos y aldeas. Al reclamo del suculento botín acuden guerreros de los mas lejanos parajes, debemos llevar el alzamiento con orden o estamos perdidos. Somos los arvernos los que nos ponemos al frente de la rebelión.

Impongo a cada pueblo los hombres que deben aportar a la causa y despido al resto, también las armas que deben fabricar y donde entregarlas, así como las vituallas necesarias para un ejército en campaña. He servido en las legiones romanas, si, sé que puede parecer un contrasentido pero ¿qué mejor que conocer a un enemigo al que se quiere vencer?, y sé que su punto débil son las enormes distancias que deben recorrer sus suministros. Hasta los mejores soldados tienen que comer cada día o sucumbir al hambre y al frío.

Impuse un entrenamiento sin concesiones al ocio o al desfallecimiento, ningún adiestramiento es comparable a la guerra, cruento negocio que debes conocer por ti misma, pues debiste alcanzar tu predominio en Egipto en fiera pelea con los consejeros de tus propios hermanos.

En mi ejército las faltas graves, contra la propiedad, la disciplina o la autoridad se castigan con la muerte; las leves, mano cortada y de vuelta al pueblo de origen para mayor vergüenza del infractor.

Sabemos que César se encuentra en Roma, lejos, ha dejado el mando a su segundo Labieno, mi lugarteniente Lucterio se lanza contra la Provincia, el éxito inicial y la pronta obtención de suculento botín atraerán a nuestra causa a los pueblos, llamados tribus por los civilizados romanos, remisos a enfrentarse con el invasor. Pero la Narbonense se halla rodeada de una línea de fortificaciones imposibles de flanquear por los valientes ataques de nuestra caballería.

Lo normal habría sido acudir en defensa de la Narbonense, la Provincia corría grave peligro, a poco que Lucterio cesara en su loco ataque y concentrara su fuerza en el punto mas débil la victoria sería nuestra y con ella toda la Galia, pero César, divina Cleopatra, nunca hace aquello que a simple vista parece lógico o de sentido común a los demás, no, César, en pleno invierno cruza los montes de Auvernia por desfiladeros impracticables, anegados de nieve, para caer sobre mi país.

Puedo imaginar la cólera de esos hombres impelidos en medio del gélido invierno a abandonar sus cálidos y secos acuartelamientos, lejos de sus cocinas, sus cantinas, sus rameras, obligados a marchar por desfiladeros perdidos bajo un crudo manto; ¿Divina Isis, conoces la nieve?, tan hermosa que invita a corretear mancillando su yerto manto. Mortal que aconseja buscar la compañía de buen fuego so pena de desaparecer bajo ella...

Apartando mas de seis pies de nieve arribaron a mi Auvernia, iracundos, deseosos de cobrarse en mis gentes sorprendidas tan severas fatigas. Su furia cual rayo sobre sauce desgajó a mi pueblo, las llamas consumieron las aldeas, robles sagrados, morada de nuestros dioses, tronchan sus ramas por el peso de los ahorcados. Viudas inconsolables lloran por sus hijos asesinados, maridos furiosos juran vengar a sus esposas ultrajadas... La devastación de mi patria me enferma solo de recordarla. Gentes humildes asesinadas u obligadas a abandonar sus hogares abrasados, abocadas al desamparo del crudo invierno con lo puesto.

Precisamente lo que yo pretendía evitar invadiendo la Provincia, alejar la guerra de mi gente, de mis campos, es lo que César me obsequia por doquier.

La única forma de detener semejante devastación de mi tierra es atacar Gorgobina, capital de los boyos aliados de Roma.

Mientras nosotros planeábamos rodear una por una a las diferentes legiones y destruirlas por separado, César las ha reunido y me temo que ya no haya quien le detenga.

Mis hombres, algunos veteranos han combatido con esos legionarios, están aterrados. Debo evitar a toda costa un enfrentamiento campal. Tierra quemada es la táctica contra el disciplinado ejército romano.

Gorgobina cayó, ello supuso un leve desahogo para la moral de mis tropas, aunque la noticia del asedio a que César somete a Velaunoduno, nos deja sin habla, luego supe que cuando me informaron del asedio, la ciudad ya estaba en llamas y César marchaba contra Cenabum, tomada y saqueada sin piedad como venganza por los romanos allí asesinados.

Lamentable lo acaecido en Novioduno, conocida la suerte corrida por las ciudades que osaron enfrentarse al asedio de César, pactan la rendición pero ante la llegada de mi ejército se desdicen de la rendición pactada. El cruento combate se salda a favor del invasor y Novioduno, pasto del fuego criminal, engrosa el numero de ciudades sacrificadas.

Mi carcelero me insta a interrumpir aquí mi relato pues ha llegado el emisario y cuanto menos tiempo permanezca en la Mamertina, menos probable es que sea detectada su presencia.

Gracias por tu atención y que los dioses te sean favorables.

Vercingetórix

domingo, 14 de marzo de 2010

ALESIA, novela histórica epistolar

La Galia 702 a.u.c. (52 a.d.C)

Querida madre:

Mi instrucción avanza, se acabaron las caminatas, ahora alternamos la instrucción con armas, no tengas cuidado, son toscas espadas de madera, muchísimo mas pesadas que las de verdad. Lo sé pues comparadas con la falcata que me ha forjado padre pesan el doble. No hay riesgo de que nos hiramos entre nosotros y por el contrario cuando llegue el momento de la batalla dudo que nuestros brazos no se hayan anquilosado. Atacamos gruesas estacas clavadas en tierra, nos enseñan a atacar de frente, cubiertos tras el escudo, a evitar los arcos con la espada, lanzamos pesadas jabalinas de madera, cada día nos ponen blancos mas lejos, a los que debemos acertar.

Tan solo descansamos de la instrucción con dichas armas, para desfilar, una y otra vez practicamos el orden abierto, el cerrado y las diferentes tácticas de acuerdo con el cornetín de ordenes. De la eficacia de dichos movimientos depende nuestra propia vida y la de los camaradas.

Nuestros enemigos carecen de táctica alguna, en particular los infantes galos no son mas que una masa vociferante, incluso me han contado que en el pasado peleaban completamente desnudos, tan solo con una larga espada en una mano, un pequeño escudo en la otra, así creían demostrar su valor. Hoy en día los jefes visten armadura completa, pero César desprecia usar la infantería gala por indisciplinada y poco de fiar.

Hoy nuestro centurión, un hombre animoso, nos ha dicho que los guerreros de los tiempos antiguos, en primer lugar, se hacían a si mismos invencibles y entonces aguardaban un momento de vulnerabilidad por parte del enemigo. La invencibilidad depende de uno mismo, pero la vulnerabilidad del enemigo depende de él.

Nos han dicho que pronto cobraremos.

Recibe un beso y un fuerte abrazo. Con todo mi cariño.

Marco

sábado, 6 de marzo de 2010

ALESIA, novela histórica epistolar

La Galia, 702 a.u.c. (52 a.d.C)

Mi muy querida madre:

Mucho deseo que te halles bien de salud. Aprovecho el viaje de un tribuno con una de las caravanas que traen estaño de la Britania para hacerte llegar noticias nuestras.

Tanto padre como yo nos encontramos bien de salud.

La situación aquí es tranquila, no debes alarmarte por las noticias de revuelta en las Galias.

Me he alistado. Espero que eso no te incomode en demasía, en casa ¿qué futuro me espera?, yo no valgo para cultivar la tierra, en cambio te prometo enviarte cuantos prisioneros atrape. Sé que un par de esclavos irían bien al trabajo de la hacienda y quizás te compensen por mi marcha.

Mi padre nada tiene que ver en mi decisión, él también se ha disgustado, su deseo habría sido que aprendiera sus oficios, alguno, cualquiera, pues además de buen carpintero, es un excelente herrero, picapedrero y albañil, pero detesto trabajar con las manos, sea para cultivar trigo, manejar argamasa o cincelar el hierro en la fragua. Destacaré como soldado y ambos estaréis orgullosos de mi.

He conocido a Cayo Julio César, me ha parecido un hombre sencillo y honrado. Sus hombres le quieren con fervor y tan solo esperamos sus ordenes... Me he alistado en una de las legiones nuevas que ha traído con él, se trata de la V, casi todos sus integrantes son galos de la Cisalpina, muchos helvecios y algún traspadano.

Puedes enviarme algo de ropa de abrigo a la Legión V, de momento carecemos de una divisa y también de un campamento fijo, pero el invierno promete ser duro en extremo, apenas ha comenzado el otoño y la nieve ya cubre la campiña.

Te añoro mucho...

El rancho se deja comer, nosotros mismos preparamos nuestras comidas, de ahí que nos veamos limitados por nuestros escasos conocimientos de cocina y a las existencias del deposito de la Legión. No es que nos falte de nada, hay buenas provisiones de trigo y aceite, pero los reclutas somos los últimos en recibir nuestra parte. Tampoco disponemos de dinero, como los veteranos, para comprar algo de comida a los lugareños, pero nos vamos apañando.

Los entrenamientos son en extremo duros, antes del alba tocan diana para despertarnos. Desayunamos y al primer toque de corneta levantamos las tiendas de campaña donde hemos pernoctado. Al segundo toque la mitad de los hombres recogemos tiendas y equipo que debemos sujetar sobre las mulas, unos bichos ariscos siempre dispuestos despabilarnos con una coz o un mordisco. Mientras la otra mitad levantan las empalizadas y deshacen terraplenes y fosos. Al tercer toque el heraldo pregunta si estamos preparados para partir, voceamos que si al unísono y nos ponemos en camino. Caminamos y caminamos, jornadas enteras, la meta de la marcha parece carecer de importancia, la pretensión de nuestros centuriones es andar veinte millas en cinco horas, pero cargamos con tal cantidad de bagaje que dudo mucho que dado el caso, pudiéramos entablar combate de tan impedidos como marchamos. Nos obligan a carretear armas que no hemos usado nunca, espada, jabalinas, lanzas, un escudo descomunal, cada uno llevamos una armadura completa que jamas hemos vestido aún, aunque ganas no nos faltan. Llevamos cada uno tres estacas, con las que al final de la jornada montamos una empalizada alrededor del lugar destinado a acampar. Si madre puedes creerlo, después de marchar todo el día, levantamos una empalizada capaz de acogernos a todos, la bordeamos con un profundo foso, levantamos las tiendas de campaña y solo entonces, los que no tengamos que cumplir un turno de guardia podemos descansar y comer algo que nosotros mismos preparemos, si, pues entre el equipaje también llevamos además de las herramientas necesarias para cavar fosos y trincheras, utensilios de cocina, provisiones para varios días y una reserva de agua.

He crecido, padre dice que me estoy desarrollando como hombre, sin duda algo tendrán que ver las severas caminatas y el "cariño" en el trato que nos dispensan los centuriones. No solo caminamos, también practicamos ejercicios diversos: carreras, saltos, lucha. He aprendido a montar a caballo y a nadar sin miedo, tendrías que verme vadear un río salvaguardando el equipo sobre mi cabeza. Lo hemos ensayado en varias ocasiones, para vadear un río una fila de jinetes se coloca río arriba, tan juntos como pueden, a fin de frenar la acometida de las aguas, otra fila lo hace río abajo para recoger los pertrechos que arrastre el agua, a fin de no delatar nuestra presencia al enemigo y nosotros, los infantes, cruzamos tan rápido como nos es posible. Empapados, helados, tiritando, la marcha continúa...

Pronto, todos lo estamos deseando, nos iniciaran en los ejercicios con armas. Tan solo ha habido dos bajas en nuestro grupo, el servicio a Roma no es para blandos ni pusilánimes.

En cuanto cobre la primera paga te la haré llegar.

Con cariño, tu hijo Marco.