sábado, 28 de agosto de 2010

¡ENTERRADO VIVO!

Andrés despierta, al menos eso cree. Está estirado sobre una superficie dura y fría, percibe la frialdad en la mejilla. Abre los ojos y todo es oscuridad a su alrededor.

– Está oscuro, muy oscuro. ¿Dónde me hallo?, me falta el aire. No recuerdo nada. ¿Habré muerto?

Trata de incorporarse y su cabeza choca con algo blando. Apoya la barbilla en la dura superficie que le acoge. De repente una imagen se forma en su cerebro desconcertado: ¡Un ataúd!

– Estoy encerrado en un ataúd, ¡claro!, ¿pero...? Me han dado la vuelta, me apoyo sobre la tapa y tras de mí se halla el colchón, o lo que sea que llevan los féretros, donde debiera descansar. Estoy atrapado o peor ¡estoy muerto! ¡Sí, eso es!, he muerto y me han enterrado al revés. Como en aquel cuento macabro, en que entierran a un avaro boca abajo, ¿cómo era?: "La comida y el jergón, la comida y el jergón...". Pero, ¡qué cojones!, ¿cómo voy a estar muerto, si estoy vivo?

Mira a su alrededor tratando de valerse de sus manos. Imposible. Las percibe apretándole el estomago, su propio peso le inmoviliza, además de un extraño bulto.

–¡Mierda!, mira que si me he muerto y me han enterrado ¡al revés!, para que en caso de "despertar" no pueda escapar. Pero ¡coño!, ¿quién tendría tan mala leche? En aquél cuento se trataba de un avaro y usurero y los parientes deseaban librarse de él. Oigo voces. ¿Y si aún no me han enterrado?, tengo aire, puedo respirar. ¿Quizás todavía dura el velatorio?, incluso podría hallarme en la iglesia o en el tanatorio.

Ahora más nervioso mira a su alrededor, buscando los resquicios de la tapa del féretro. Sin duda no es hermético o ya habría muerto y el aire que percibe a su alrededor no parece viciado en exceso.

–¿Cómo o mejor dicho de qué he muerto?, soy joven, sin duda he sido asesinado, ¡asesinado!, ¿quién y por qué? ¡Mierda!, no recuerdo nada. Probaré a darme la vuelta. ¡Imposible!

Con los hombros topa con la tapa del ataúd. Trata de liberar las manos haciendo fuerza con las rodillas y la barbilla. Tras unos instantes de gran esfuerzo y con la barbilla dolorida, debe desistir.

–¡Mierda, tengo los brazos tan dormidos que no puedo moverlos!

Al fondo, a lo lejos, percibe lo que cree voces, susurros.

–¿Me estaré volviendo loco, o acaso son los espíritus, las fuerzas del más allá que vienen a buscarme?

Mueve la cabeza a derecha e izquierda, tratando de...

–¿Qué es eso? ¡una luz! ¡Dios mío es la "luz" que afirman haber visto los que han estado unos instantes muertos y han regresado. ¿Dos?, ¡no una, no, veo dos luces! Aquí pasa algo raro.

Trata de volverse sobre el costado izquierdo, a fin de liberar el brazo derecho. Haciendo fuerza contra su blanda tapa, nota el desagradable cosquilleo del despertar del brazo derecho dormido. Mientras mira fascinado las misteriosas "luces". Se aproximan a él:

-¡¡Seré gilipollas, pero si son dos ojos!!

Un suave ronroneo a la altura de la nariz, le indica que un ser vivo le está olisqueando.

-¿Un gato, me han enterrado con un gato? No recuerdo a ningún gato. Recuerdo que en algunas culturas, enterraban a la gente con sus pertenencias, sus mascotas y mujeres, incluso con sus seres más queridos. ¿Pero qué estoy diciendo?, desvarío. Tengo que salir de aquí, como sea.

Con un supremo esfuerzo arrastra el brazo de debajo de sí. El gato da media vuelta y desaparece en la oscuridad. Trata de recuperar la funcionalidad de la extremidad liberada y su estupor aumenta hasta lo indecible al alargarlo y no tocar las paredes, los lados de la caja, que en teoría deberían contenerlo.

El brazo derecho alargado en su totalidad, ninguna pared, ningún límite a su alrededor, al menos hasta donde puede abarcar. Abre las piernas cuanto puede. Tampoco tropieza con nada.

Se inclina cuanto puede sobre su lado derecho para así liberar el brazo izquierdo. Lo consigue y hace el mismo gesto que antes, lo que le lleva a reírse de sí mismo.

–¡Joder si parece que esté nadando en seco! Como se presente ahora el Sumo Hacedor, a pedirme cuentas, se va a partir el culo de risa viéndome hacer el gilipollas. ¡Un momento oigo voces y... ¿risas?! ¿Pero quién diablos va a reírse en un entierro? Aunque si no estoy en un féretro, esto no es un entierro. En ese caso, volvemos al principio, ¿dónde estoy? Las voces se hacen más cercanas, son de una pareja. Por lo menos tan solo distingo... ¡¡Más luz!!

Ahora la luz entra por los cuatro lados. Ansioso mira a derecha e izquierda y casi al mismo tiempo, el mundo se le viene encima. La superficie blanda que notaba encima, ahora le aprieta la cabeza contra la superficie dura sobre la que descansa.

–¡Estoy sobre un suelo!

Las voces, ahora gritos apagados y susurros, suben y bajan de tono. Un ritmo frenético de urgencia impaciente, se cierne sobre su cabeza, chupetones y jadeos le traen a la memoria...

–¡¡Una cama!!, me hallo bajo una cama. ¿Quién cojones ha dicho que estoy muerto o enterrado? ¡Seré gilipollas!

La pareja, porque ahora tiene claro que se trata de una pareja, está desnudándose con toda la torpeza que proporciona la premura por consumar el coito. Botones que se resisten, cremalleras que no bajan, corchetes que se enganchan.

–¡Estoy debajo de una cama...!, ¿pero qué hago aquí y quienes son ellos?

La pareja parece que lo ha conseguido, a juzgar por el sincopado vaivén que le golpea la cabeza contra, lo que ya sin dudas es el suelo de una alcoba. Los jadeos de la pareja indican el disfrute obtenido con la culminación del acto.

Andres, atónito, trata de recordar:

–¿Qué hago yo aquí o mejor qué hacen ellos ahí? Bueno lo que hacen ellos está bastante claro, ¿o no? Voy a salir, ahora mismo saldré y averiguaré qué es lo que pasa aquí. Pero, ¿y si la cago?

La pareja volvía a comenzar, tras un breve paréntesis en que aprovecharon para liberarse de las últimas prendas de ropa, reanudaron la cópula. Vio caer a su alrededor, bragas y pantalones tejanos.

– Vaya y parece que ahora es ella la que se ha puesto encima. ¿Qué hago?, y si aparezco en una casa extraña, ¡mierda no recuerdo nada y cómo me duele la cabeza!

El colchón seguía castigando su coronilla. Decidió esperar, más tarde o más temprano se cansarían, él saldría y todo se aclararía, o al menos eso confiaba.

Tratando de no llamar la atención alargó la mano y atrajo hacia sí los pantalones tejanos. Le supuso un esfuerzo tremendo pero aprovechó los bramidos de placer de la mujer para pasar inadvertido. Como pudo rebuscó en los bolsillos, ¡una cartera! La documentación no le decía nada, no conocía a ningún Fabián Gómez. Bueno, a uno sí, pero era un cura. Y un cura no iba a...

Uno de los dos se levantó del lecho, ella, se dirigió al lavabo y se duchó, instantes después preguntó:

–¿Todavía estas así?

–¿Sabes?, no me hago a la idea de que mañana te cases –replicó él.

– Venga, vístete.

–¿Pero qué le has visto a ese imbécil?

–Te tengo dicho que no me gusta que insultes a Andres, vístete, tengo que irme.

Una especie de luz se hizo en su mente, recordó llamarse Andrés:

–¡Casarse!, yo me caso mañana. Y el cura que me va a casar se llama ¡¡Fabián!!

De repente, mientras la pareja reanudaba sus forcejeos sexuales sobre su testa, Andrés recuperó la memoria:

–Esta tarde la he seguido. Elena, me prometiste... Nos prometimos amor eterno. Me prometiste... Nos prometimos reservarnos, nuestra virginidad, ¿qué otra cosa podríamos ofrecernos si lo poseemos todo?, para nuestra noche de bodas. Y hete aquí follando con ¡¡un cura!!, con nuestro cura; con el oficiante de nuestra propia boda, ¿cómo has sido capaz? Un amigo me avisó que algo pasaba. Te seguí hasta aquí, conseguí un juego de llaves del mismo amigo que tú. Siempre hay amigos bien dispuestos a jodernos la vida. Entré un poco antes que tú, mientras te entretenías en aparcar el coche en la parte de atrás. Pero esta mierda de apartamento carece de armarios, de modo que me escondí bajo la cama, lo que no consigo recordar es mi desvanecimiento y este dolor de cabeza que me impide...

La pareja se levantó de la cama y aún con ganas de jugar desaparecieron en el cuarto de aseo, probablemente se iban a duchar juntos. Andrés aprovechó para salir de debajo de la cama, percibía un fuerte dolor de cabeza, se tocó.

–¡Vaya chichón!

Se dirigió a la puerta de salida y abandonó el apartamento. Ya en el ascensor vio su imagen reflejada en el espejo. Vio a un individuo completamente vestido de negro y le extrañó un bulto a la altura de la cintura, apenas le permitía respirar. Una especie de cartera llena de herramientas.

El ascensor se detuvo en el vestíbulo, al abrirse las puertas varias personas esperaban ante la puerta para subir:

–¡Un hotel!, no es un apartamento, es un hotel.

–¿Sube o baja? –preguntó amablemente una mujer que esperaba.

–¿Eh?, no, bajo, bajo.

Apretó el botón del parking, de repente recordó su presencia en aquel lugar: Forzó la puerta de la habitación para robar, oyó llegar a sus ocupantes y al arrojarse bajo la cama se golpeó en la cabeza y la maldita bolsa de las herramientas le ahogó la respiración.

–¡Mierda no me caso mañana!, tan solo soy un vulgar ladrón de hoteles... Valiente patán.

domingo, 22 de agosto de 2010

ALESIA, novela histórica epistolar

Roma 708 a.u.c. (46 a.d.C.)

A mi muy querido padre:

Lástima que no hayas podido asistir a la celebración. En sus anales, Roma, no ha visto cosa similar, al decir de los viejos.

¿Recuerdas a aquel joven galo que encadenamos en Alesia, el que se proclamaba “rey de cien reyes”? Hoy no le reconocerías, flaco, demacrado, le han pintado la barba, ignoro si la intención era el escarnio o conferirle un aspecto mas feroz, pero tan solo han conseguido ridiculizarle. Ha sido ejecutado. Lo hubiese entendido tras la rendición de Alesia, yo mismo le habría degollado gustoso aquel día, en vez de encadenarle, ¿pero hoy qué sentido tenía...? Lamentable y absurdo ha sido ejecutarle como “traidor al pueblo de Roma”, ¿en qué traicionó?, luchó por la libertad de su pueblo y perdió, pero no hubo traición.

Han comenzado los festejos populares, además del Triunfo César celebra los fastos en honor de su hija Julia. Se han instalado triclinios para mas de sesenta mil comensales y las gentes comen y beben sin saciar sus apetitos.

Han repartido cien denarios, diez fanegas de trigo y diez libras de aceite para cada uno de los pobres de Roma, que suelen recibir ayuda del Estado. Se han condonado los alquileres de Roma durante un año hasta la cantidad de dos mil sestercios y hasta quinientos en el resto de Italia, realmente César se comporta con una generosidad esplendida.

Nosotros también hemos cobrado: a cada soldado raso le han tocado cinco mil denarios, lo que oyes ¡cinco mil, el jornal de veinte años!, diez mil a cada centurión y veinte mil a los tribunos, además de las tierras que nos han asignado.

Y que decirte de los espectáculos: combates de gladiadores, comedias en todos los barrios de la capital. Actores de todas las nacionalidades imaginables han acudido a Roma. Juegos de circo, atléticos, los atletas mas renombrados han luchado durante tres días en un estadio construido expresamente en las inmediaciones del campo de Marte. Danzas y bailes de las mas exóticas nacionalidades, incluso naumaquias. Recuerdo que un día comentabas con Orencio que te hubiera gustado presenciar uno de esos espectáculos ya que no participasteis en la expedición a la Britania. Para ello han abierto un lago, donde antes existía una vaguada, y han trabado combate naval trirremes tirias y egipcias, cargadas de soldados.

Han ensanchado la arena del circo por ambos lados, han abierto un foso que llenaron de agua, si como en Alesia, y en el han corrido bigas y cuadrigas, muchas de las retribuciones recién cobradas han desaparecido o incrementado con las apuestas.

Cinco días han durado los combates de fieras y como conclusión se dio una batalla en la que participaron quinientos peones, trescientos jinetes y los cuarenta elefantes.

Tales eventos han atraído a Roma tal cantidad de forasteros, que no hay quien de un paso por las calles atestadas. Con las posada llenas a rebosar, incluso han desalojado a las caballerizas para alquilar sus sitios a los viajeros, las gentes duermen en tiendas de campaña, en calles, plazas o el extrarradio. Con motivo del anuncio de algún evento señalado se ha producido algún tumulto y en la avalancha han fallecido aplastadas por la multitud algunas personas.

Estoy deseando marchar, nos hemos reunido los veteranos de mi legión con tierras colindantes para formar una caravana y partir hacia nuestras fincas en cuanto tengamos las concesiones en firme.

Estoy, todos lo estamos, ahíto de sangre, tanta muerte, tantos campos talados, abrasados los sembrados, degollado el ganado, la miseria y el hambre campan por doquier y eso ¿para qué?, para ensalzar y glorificar a un solo hombre. Si pues aunque combatimos bajo el símbolo del Senado, SPQR, en realidad servimos los intereses, la ambición de un canalla, claro que como dicen mis compañeros es “nuestro canalla”, y le entregaríamos la vida gustosamente.

He pensado en buscar una familia de arrendatarios galos para que trabajen la tierra. Me gustaría criar caballos. Aunque de momento instalaré una herrería. Lamento no haber prestado mas atención cuando me enseñabas los secretos del oficio... Nos ha correspondido muy cerca de donde estuvo Alesia.

Aprovecharé para colocar una lápida que señale tu tumba.

Con cariño tu hijo Marco.

domingo, 15 de agosto de 2010

ALESIA, novela histórica epistolar

Roma 707 a.u.c. (47 a.d.C.)

A la mayor traidora que hayan conocido los tiempos, Arsínoe:

Los dioses me aseguran que César vencerá. Y esa seguridad y la paciencia que conlleva el ejercicio del gobierno de mi pueblo es lo que me da fuerzas para rebajarme a tratar con sabandijas del légamo. Aunque no lo creas lamento profundamente tu situación de cautiverio, por excesivamente grato, y si por mi fuese hace tiempo que yacerías en cualquier muladar ocupada en alimentar ratas con los miembros de tu despedazado cuerpo. Pero todo llegará, los dioses me han hecho ver la necesidad de concederte una muerte lenta y dolorosa y tan solo la celebración del Triunfo, del padre de mi hijo, se interpone entre los hierros candentes del verdugo y tus carnes.

La vida es hermosa, plena de alicientes, nunca sabrás lo que es abrazar el fruto de tu vientre, a menos que el verdugo te muestre tus propias tripas; ni sentirás el calor de unos bracitos alrededor de tu cuello, nada que ver con la soga de la horca; ni gozarás del arrullo de una infantil voz llamándote “mamá”; ni tus pechos amamantaran otras bocas que las de los carceleros.

Sufre, Arsínoe, rabia, muérete de pena, dame ese gusto.

Cleopatra VII, reina de Egipto, la nueva Isis.

domingo, 8 de agosto de 2010

ALESIA, novela histórica epistolar

Egipto 707 a.u.c. (47 a.d.C.)

Querida Cornelia:

Te preguntas, sin duda, quién es esa Cleopatra, capaz de subyugarme.

Aunque siempre confiaste en mi, la mutua confianza fue un acicate mas de nuestro amor, me agradaba i emocionaba cuando los celos encendían en tus ojos aquel brillo que ahora recuerdo tan vivo y de color semejante al Nilo.

Tras las duras jornadas de lucha en Alejandría, llevo perdido en este río mas de lo debido. Va siendo hora de retornar a Roma, mis enemigos estarán conspirando a sus anchas...

Perdido, no creas, es una buena definición, caí preso de los encantos de esa Cleopatra, sin ser de inconmensurable belleza, su trato es tal que resulta imposible resistirse, si ya, me dirás que es una escusa de viejo verde, yo paso de los cincuenta y ella apenas alcanza los veinte años de edad. Los encantos de su figura, secundados por las gentilezas de su conversación además del egipcio, habla el arameo, el hebreo, el árabe, el etíope, el medo, incluso chapurrea con corrección la lengua de los troglodita, el parto y por supuesto nuestro latín. En la conversación además de amena y ocurrente es voluptuosa y trata con sensualidad conocimientos de Música, Historia, Ciencias Políticas, además de Matemáticas, Literatura, Astronomía y Medicina.

Si ya sé que me dirías que los meses que llevamos navegando por el Nilo, no nos los hemos pasando tratando temas filosóficos o resolviendo problemas de álgebra y tienes razón, mas que disculparme trato de darte a conocer una mujer excepcional con quien a buen seguro trabarías sincera amistad.

Lo cierto es que el "amor" que me ha brindado me resulta tan interesado, que por contraste con el que de ti recibí, me ha llevado a añorarte un poco mas, si es que cabe mas añoranza en mi corazón.

Mi muy querida Cornelia, te fuiste tan pronto...

He conocido en Egipto, tierra de gentes notables, al sabio Sosígenes, me va a ayudar a adecuar nuestro calendario. Siempre te quejabas de la absurdidad de iniciar la primavera en el frío marzo, cuando la bonanza del tiempo no llegaba hasta bien entrado mayo, ¿qué dirías viendo que hoy en día las fiestas de la Recolección no coinciden con el estío ni las de la Vendimia caen en otoño? Me ha sorprendido la simplicidad del calendario egipcio, tienen doce meses como nosotros, pero al último le añaden cinco días para completar el ciclo solar. El dicho astrónomo afirma, no obstante, que el ciclo estacional es de trescientos sesenta y cinco días y un cuarto, de modo que cada cuatro años deberemos añadir un día a un mes para mantener...

Disculpa la perorata, bien sabes que no es por cambiar de tema, en ocasiones la pasión me lleva por la ramas.

En cuanto a Cleopatra, ¿qué decirte de ella?, me atrae, me engatusa, me conmueve, me divierte...

Como reina de Egipto, estoy seguro es la mejor elección, muy por encima de la desleal Arsínoe. Aunque ofreció soldados egipcios a Pompeyo, no dudo de su lealtad a Roma, mientras Roma sirva a sus propósitos, por ahora coincidentes para ambas naciones.

Ha instaurado nuevas leyes, sin importarle el enfrentamiento con la nobleza y la clase sacerdotal, mas favorables a su hermana. Ha devaluado la moneda egipcia para favorecer las exportaciones...

En fin aunque pretendo disimular con politiqueos la nostalgia de ti que me muerde el alma, no lo consigo.

Qué no daría por abrazarte de nuevo.

Cayo Julio

domingo, 1 de agosto de 2010

ALESIA, novela histórica epistolar

Egipto 706 a.u.c. (48 a.d.C.)

Mi muy querido Marco Antonio:

¿Qué tal marchan las cosas por casa? Imagino que mal, como siempre.

Te escribo a bordo del Thalameges, un barco de la reina Cleopatra, quien se ha ofrecido a mostrarme los encantos de su país y los mas ocultos parajes. Sé que te estás sonriendo al tiempo que elucubras los mas lascivos pensamientos que caber puedan en mente tan calenturienta como la tuya, pero todo cuanto imagines te quedas corto. El crucero esta resultando de lo más instructivo. Cleopatra es una joya de anfitriona.

La primera joya que recibí al poner pie en esta tierra fue un anillo, ahora mismo mientras te escribo lo contemplo: un león sostiene entre sus garras una espada. Lo has adivinado es el anillo de Pompeyo.

Me lo entregaron junto con su cabeza. Un escalofrío me hiela la sangre con solo recordarlo. Pompeyo el Grande, uno de los mejores romanos, reducido a una cabeza sangrante, un despojo agusanado. Deploro su muerte, saberle a merced de eunucos, mercenarios, retóricos, asesinos traidores a sueldo de un bárbaro...

Te habrán llegado noticias de la revuelta en Alejandría. Las gentes heridas en su orgullo, tanto como el erario público por nuestras exigencias; tan solo pretendía cobrar antiguas deudas y si disponían de capital para apoyar a los pompeyanos, justo es que cumplieran con sus obligaciones para con el Tesoro romano. Pero los eunucos de palacio, verdaderos mandamáses en esta decrépita nación, enviaron a la Casa de la Moneda, con todo el alarde y ostentación de la que fueron capaces, los tesoros de los templos y la vajilla de palacio, una maravilla en oro y plata, para poderlos fundir y pagar la dichas deudas.

Con suma facilidad soliviantaron al pueblo mostrando “el talante codicioso de los invasores, etc, etc”. Haciendo correr el bulo que habíamos incautado todo el trigo de los silos reales, acrecentando la hambruna causada por años de latrocinio del clero y la nobleza.

Hicieron creer al pueblo lo insoportable que podía ser la visión de sus soberanos comiendo en platos de madera en vez de oro. Una humillación al pueblo llano de Egipto perpetrada por el expolio romano.

En vano entregué el gobierno de Chipre a Arsínoe, de nada valió casar a Tolomeo con Cleopatra. Teníamos todo el derecho a arbitrar la sucesión al trono egipcio amparados por el testamento del último faraón, el Auletes, confiado a Roma como garante de su voluntad. Así y todo la guarnición pompeyana se alzó en armas y arrastró a los descontentos y por fin a toda Alejandría. A duras penas nos mantuvimos en la ciudadela aguardando a las legiones de Siria.

Por fin el bravo Mitríades llegó ante Pelusa y se apoderó de la ciudad sin llegar a completar el cerco siquiera. Después remontó el Nilo por el camino de Menfis, se le unieron numerosos adictos entre los judíos establecidos en la comarca. A su vez los egipcios, con su rey Tolomeo al frente, también remontaron el Nilo y se presentaron ante Mitríades en la ribera derecha del río. Entablada la batalla, Mitríades demostró su valía e instrucción y venció. Percibidos de la presencia amiga tan cerca, embarqué las tropas que pude y salí a su encuentro. Cruzamos el lago Mareótico, le dimos la vuelta, llegamos al río y unidas mis fuerzas a las de Mitríades, entramos en el delta, donde se había refugiado el rey con los restos de su ejército. Sin perdida de tiempo atacamos el campamento real. Este se hallaba bien parapetado al pie de una altura cerca del Nilo, separado por un calzada y rodeado por marismas y pantanos infranqueables. Mis hombres atacaron de frente y de flanco a lo largo de la calzada, mientras los de Siria tomaban la altura y atacaban desde atrás.

La victoria fue completa, los que no perecieron por la espada se ahogaron en el Nilo buscando vana salvación en la escuadra real, como el mismo Tolomeo, intentó la huida en una barca sobrecargada de soldados y desapareció en las aguas del río.

Apenas concluida la batalla volví contra Alejandría, atacando por la parte dominada por los egipcios, cuya resistencia se vino abajo apenas divisaron nuestros estandartes. La población nos recibió enlutada, de rodillas, con sus ídolos en las manos, suplicando clemencia, implorando la paz y algo de comer.

Como ya hice con los masaliotas, he perdonado a los alejandrinos, he organizado una guarnición de confianza y he puesto al mando al valiente Rufio, ya le conoces, excelente soldado. Cleopatra reinará y Arsínoe ya va camino de Roma, para impedir futuras rebeliones.

Pronto estaré de vuelta.

Cayo Julio César.