sábado, 16 de octubre de 2010

TRES DESEOS

Sabela paseaba por lo que quedaba de la playa tras el fuerte temporal de Levante de los días pasados. Llevaba puesta la capucha del chándal y las gafas de sol, para disimular un morado en el pómulo derecho. El bestia de su marido había vuelto a golpearla. La hinchazón del ojo remitía, ya podía abrirlo, pero aún le dolía mucho. Muchas veces se preguntaba el porque de tanta violencia, sin duda ella era la culpable. ¿Pero por qué? No sería por las estrecheces económicas, y su Alejandro no bebía.

La primera vez que acudió a una de esas asociaciones que ayudan a las mujeres maltratadas, se quedaron perplejos: la pareja no respondía al modelo prefijado de las parejas conflictivas, carecían de apuros económicos y el monstruo del Alcoholismo, el del Juego, o el de los Celos, no se daban en la pareja. De modo que, salvo un examen psicológico a fondo, cabían dos explicaciones: o la pegaba por gusto, por mero placer (sádico), o era un cabrón necesitado de autoafirmación. La aconsejaron que acudiera a la próxima visita, acompañada de su marido, para una entrevista a fondo.

Por supuesto ella obvió comentárselo a su esposo, quizás tan solo fue algo fortuito, algo pasajero. Alejandro estaba enamorado de ella y no paraba de demostrárselo. Procuraban estar juntos el mayor tiempo posible, salían de compras, iban al cine o a tomar una copa. La verdad es que no tenían amigos, pero eso ya sucedía cuando tan solo eran una pareja de novios. Lo peor era el sentimiento de impotencia y culpabilidad, la sensación de frustración, de estar errando en algo vital desde que comenzaron los malos tratos.

Entonces tropezó con algo, algo metálico. Se volvió para mirar, entre la arena sobresalía una especie de asa, muy corroída, como si hubiera estado mucho tiempo en el agua marina. Sin duda un resto arrojado a la playa por el temporal. Continuó caminando, pero pensó que alguien más podría tropezar con aquel hierro y hacerse daño, así que volvió sobre sus pasos, se agachó para estirar de aquello, fuera lo que fuese. Un fuerte dolor en las costillas, le recordó las patadas que su Alejandro, le propinara la última vez... casi se marea... Cayó de rodillas sobre la arena.

–¡Hijo de puta!, la próxima vez que me pongas la mano encima...

Sabela se agarró con fuerza al asa herrumbrosa pero no se movía, miró a su alrededor, tan solo un chiquillo jugando con un perro y allá a lo lejos algunos operarios del Ayuntamiento, con maquinaria pesada, tratando de reparar los desperfectos ocasionados por el temporal en un colector de aguas sucias.

Escarbó con ambas manos y poco a poco fue desenterrando algo parecido a las lámparas mágicas que suelen aparecer en las películas antiguas de Aladino.

–¡Qué chuli!, ojalá te pudiera pedir tres deseos, como en las pelis.

Sabela se tendió en la arena, a pesar de ser pleno invierno, el Sol calentaba ligeramente y la ausencia de viento proporcionaba un agradable bien estar.

–¿A ver, qué te podría pedir? Lo de siempre: Salud, Dinero y Amor... ¡No, qué va!, salud, tengo de sobras, bueno si descontamos algunos moretones. Dinero, ¿para qué?, con la hipoteca pagada y el bufete lleno de clientes... y en cuanto al Amor..., ¡ja, amor!, crees que has encontrado al hombre de tus sueños, hasta que se convierte en el cabrón de tus insomnios.

Tuvo que levantarse, el dolor de las costillas no la permitía estar más tiempo, recostada.

–¡¡Sabela!!

Se volvió al oír su nombre, era Alejandro, venía muy decidido hacia ella y un escalofrío le puso la carne de gallina. Instintivamente se agarró con fuerza al asa de la lámpara.

–¿Dónde te habías metido, Sabela, hace rato que te busco?

–Estaba dando una vuelta.

–Me tenías preocupado.

–Sí, claro, supongo que echabas en falta a tu sparring.

–¿Por qué dices eso, mujer?

–¡Serás cabrón! ¿A ti qué te parece que es esto?

Sabela, señalaba su ojo tumefacto, tras quitarse las gafas con la mano libre. Su marido visiblemente avergonzado balbuceó:

–Mujer..., yo..., no sé lo que me pasó...

–¡Pero es que esta no es la primera vez, y me tienes harta, harta!, ¿comprendes?

–Mujer, no hace falta que levantes la voz.

–Y tú no hace falta que levantes la mano.

–Perdóname.

–Sí, claro y así lo arreglamos todo. ¡Ojalá durante un par de días pudiéramos cambiar los papeles!

–¿Qué quieres decir?

–¡Desearía que te convirtieras en una mujer!, ¡Cristo! Te ibas a enterar, de lo que vale un peine, si ¡yo! fuera tu marido.

Debieron regresar a casa... Sabela no lo recordaba. Cuando se despertó en su cama, se sentía rara, pero no le dolía nada. A su lado dormía su marido y profundamente a juzgar por la respiración pausada que se adivinaba en los movimientos de su espalda. Se levantó para ir al aseo tratando de no despertarle, pues seguro que requeriría sus favores sexuales y aunque Sabela sentía una extraña sensación de apetencia, deseaba castigarle por su mal comportamiento de los días pasados.

–¡¡...!!

La sorpresa casi la ahoga, al verse entre las piernas, ¡¡aquel pene, aquel pito, aquella polla!!, la soltó como si le diera asco tocarla y al verse en el espejo vio una cara masculina, parecida a la de su Alejandro, pero con menos barba y más...

–¡¡Dios mío!!, ¿qué ha pasado?

Y al volverse vio el artilugio oxidado que hallara en la playa y comprendió que el deseo formulado en voz alta se había cumplido:

–¿Luego, si yo soy un hombre?, ¡él... será ella...!

Y poco a poco, la curiosidad fue venciendo a la sorpresa y a la incredulidad. Al mismo tiempo la erección que crecía en su entrepierna, aumentaba la sensación de seguridad y poder.

Con una sonrisa maliciosa en los labios, regresó al dormitorio, él/ella, dormía apaciblemente, ella/él, quitó el cinturón de los pantalones lo dobló por la mitad, se llenó la mano con la hebilla y procurando no despertar a él/ella, apartó el edredón con la sabana hasta los pies, luego azotó el culo dormido.

Él/ella, dio tal respingo al sentir el fuerte correazo, que no tuvo tiempo de darse cuenta de su situación, los correazos seguían cayendo, junto con las imprecaciones, amenazas, maldiciones e insultos que ella/él proferían, embriagada/do de violencia.

Él/ella arrebujado/da tras la almohada comenzó a llorar, suplicando que cesara el castigo. Dolía tanto como la empanada mental que no le/la dejaba reaccionar. Ella/él, cansada por la paliza infligida pero feliz... más que felicidad el sentimiento era de... PODER... poder absoluto sobre otro ser humano aterrado y sentía que algo la/le impulsaba a consumar aquella fechoría, de modo que obligó a él/ella, convertido/da en un despojo lloriqueante a darse la vuelta y le/la sodomizó... con bastante torpeza, cabe decirlo, pues ambos se hicieron daño y ninguno disfrutó.

Él/ella continuaba llorando, cuando ella/él concluyó el acto.

Sabela/Alejandro pudo saber por fin como era la soledad de un orgasmo masculino y Alejandro/Sabela, comprendió la vacuidad feliz de la satisfacción ajena a costa de uno mismo, ¿o no?

Sabela/Alejandro se apartó, con algo de asco, de su pareja que no paraba de sollozar, dolido/da por la confusión que le anegaba el entendimiento. Alejandro/Sabela se enjugó las lágrimas con una de las sabanas suplicaba aterrado/da, una explicación.

Sabela/Alejandro, recogió de encima de la cama la correa y él/ella, se estremeció y comenzó a negar con la cabeza:

–Es horrible la brutalidad cuando la sientes en la propia carne, ¿verdad?, ¡hijo puta!

–¿Qué..., qué está pasando...?

–¡Da igual lo que esté pasando, no te preocupes por lo que esté pasando y concéntrate en lo que te está pasando a ti, gilipollas!

Alejandro/Sabela, confuso/sa, dolido/da, se levantó para ir al aseo y Sabela/Alejandro, la/le siguió.

Él/ella, sorprendido/da al verse su nuevo sexo femenino, dudaba entre ponerse a gritar de puro pánico o sentarse en la taza del inodoro a mear. Finalmente la fuerza de la Naturaleza le/la hizo tomar asiento. Mientras meaba miró a su pareja:

–No estás comprendiendo nada ¿verdad?

–¿Qué esta pasándonos, y por qué me has pegado?

–Por la misma razón, por la que tú me... no por la misma no, pues desconozco tus razones para agredirme y la verdad es que ya no me importan. ¿Qué sientes cuando tu puño me golpea la cara, cuando me pones un ojo morado y aún así, sigues golpeándome con saña, cuando me sangra la nariz y me cubro la cara, para que no me pegues más, entonces la emprendes a patadas?

–¡Lo hago por que...!

–¡Te he dicho que no me importa el "por qué"!, lo que quiero saber es, ¿qué sientes, acaso disfrutas, es por sadismo, eh? ¿Quizás dominar a una mujer, a un ser más débil, te hace sentir mas hombre?, ¿es un problema de educación, viste hacer eso en casa de tus padres?

–No, sé... yo.

–Me das asco, pero no por tu ridículo aspecto.

Sabela/Alejandro, volvió al dormitorio se vistió, pero al mirarse en el espejo y ver la imagen de un hombre con un vestido de mujer, se lo quitó para colocarse un chándal, algo más unisex. Entró en el cuarto de baño, Alejandro/Sabela seguía sentado/da en la taza, tratando de procesar mentalmente todo lo sucedido aquella mañana. Ya no lloraba tanto y se palpaba las nalgas azotadas.

Sabela/Alejandro cogió la lámpara mágica y regresó a la playa. Mientras caminaba, sin darse cuenta se le fueron los ojos detrás de una moza que patinaba por el paseo con bastante gracia.

–Tan solo lo hace para lucir esa figura que Dios le ha dado. ¡La madre que la parió que buena está! ¡¡Joder, si ya estoy pensando como un tío!!

Arribó al rompeolas, tomó la lámpara con ambas manos y dijo:

–Mi tercer deseo, es que los dos anteriores se deshagan. Quiero volver a ser una mujer y que Alejandro..., me da igual si se queda como está..., ¡no!..., que vuelva a ser un hombre, como dijo el sabio: "En esta vida, cada uno tiene lo que se merece".

Luego la arrojó a las olas, confiando que nunca, nadie, diera con ella.

Tornó a su casa, no había nadie, el cambio aún no se había producido en ella/él y un temor la/le asaltó:

–Me he desecho de la lámpara sin esperar a que se cumpla mi tercer deseo.

Llamaron a la puerta, la abrió. Era la Policía:

–¿Alejandro Morales?, tiene que acompañarnos.

–¿Qué... por qué?

–Su mujer le ha denunciado por agresión y violación.

–¡¡¿A mí?, será hijo de puta!!

–Tendrá que acompañarnos, si lo desea desde Comisaría, podrá llamar a un abogado, si no, se le asignará uno de Oficio.

–¿Dónde está... él... quiero decir ella?

–Ahora la está examinando un médico forense de la Policía.

Sabela/Alejandro, se negó a llamar a un letrado y tampoco aceptó hablar con uno del Turno de Oficio.

A la mañana siguiente, ningún agente pudo explicarse que hacía una mujer hermosa, ceñuda y cansada, exigiendo que abrieran la celda, donde el día anterior encerraron a un maltratador.

Sabela no facilitó ninguna explicación, atribuyendo su presencia en el calabozo a un error policial. Un médico Forense de la Policía, la examinó y una vez comprobado que no cabía la menor duda sobre la condición sexual del detenido/da, fue puesta en libertad.

En casa halló una nota de Alejandro, informándola que se había marchado a pasar unos días a casa de sus padres: "Necesito aclarar mis ideas, un tiempo de separación nos ira bien a ambos".

Llamaron a la puerta, abrió. Un cartero le traía una carta certificada y con Acuse de Recibo.

La abrió, se trataba de una Demanda de Separación y Divorcio interpuesta por él/ella contra ella/él, acusándola/le de malos tratos físicos y psíquicos.