domingo, 19 de septiembre de 2010

LE PUEDE PASAR A CUALQUIERA

A pesar de tener cita concertada para las 9,45, eran las 11 y aún tenía a tres personas delante de él. Por fin la enfermera leyó su nombre en un listado lleno de tachones, notas, cruces y borrones. Él alzó la mano y ella dispuso tajante:

–¡Va usted detrás de esta señora!

Y prosiguió con su retahíla de hombres llamando a cinco, quizás seis, pacientes ansiosos por ser visitados. La mayoría esperaban eso una visita, que no la cura a sus dolencias. Acaso unas recetas de fármacos milagrosos; tal vez una opinión breve sobre el resultado de un análisis, una radiografía u otra prueba solicitada por el médico y de la cual el propio galeno no recordaba nada.

Cuando le llegó el turno, la enfermera volvió a pronunciar su nombre de esa forma tan impersonal que deben aprender en los cursos, a los que ¡no asisten!, de amabilidad con los pacientes. Él entró en la consulta y sin alzar la vista del expediente el médico ordenó:

–Siéntese señor Bernárdez...

–Es Fernández.

–Sí, bueno, ¿cómo se encuentra hoy?

–Bien, aunque la pomada que me recetó la otra vez no...

–¿Pomada?, no veo anotada la prescripción de ninguna pomada, aquí.

–Sí, bueno, es que no me visitó usted..., debía estar de vacaciones.

–¡Bah!, sustitutos. Esto no pinta bien Bernárdez, nada bien..., a ver un momento por favor.

Ramón, renunció a volver a corregir al doctor. Tras la larga espera en los incómodos asientos de la sala de espera, tenía las almorranas muy, muy doloridas y deseaba concluir lo antes posible con la visita. El especialista efectuaba una llamada telefónica y a juzgar por la espera su interlocutor no...

–Por favor, soy el doctor Mendiguren, necesito apoyo psicológico.

–...

–¡Muy graciosa!, no es para mí, es para un paciente. Bien de acuerdo, que no se demore, tengo algo de prisa.

Colgó el teléfono y sin decirle nada a Ramón, que se empezaba a impacientar, volvió a repasar unos informes, los resultados de unos análisis que Ramón no recordaba que le hubieran hecho. Llamaron a la puerta.

–¡Adelante! –ordenó el médico.

Entró un joven con cara de loco y greñas de nena. Vestía bata blanca y la etiqueta de la solapa le identificaba como Miguel A. Matías. Se presentó como psicólogo:

–¿Cómo está usted, señor...?

–Fernández, Ramón Fernández.

Se dieron la mano y el doctor Mendiguren tratando de abreviar, de la manera tan bestia que algunos médicos aprenden en el segundo año de Prácticas, soltó sin más preámbulos:

–Según los resultados de las últimas pruebas, le queda menos de un mes de vida señor Bernárdez, quizás cinco o seis semanas a mucho estirar –y dando carpetazo al expediente se quedó tan ancho.

Por supuesto que el susto se lo llevó el psicólogo y no Ramón, quien se espantó un poco al ver la cara de circunstancias con que el loquero miraba al especialista, llamándole demente y salvaje con la mirada.

–¿Está usted seguro? –preguntó el psicólogo.

–Sin ningún genero de dudas. Menos de un mes, quizás unas cinco semanas, es difícil de precisar. Según la evolución del tumor –afirmó categórico el doctor Mendiguren, al tiempo que se levantaba.

–¡Un momento!, ¿qué tumor?. A mí me están tratando unas hemorroides.

–¡Ojalá, señor...

–Fernández.

–Fernández o Bernárdez, da lo mismo..., las pruebas no admiten confusión, se trata de un cáncer de colon muy extendido y lo de las hemorroides tan solo es una dolencia colateral. Pero aunque hasta ahora le hayan tratado esas molestias, el mal de fondo ha ido creciendo. Ese es el problema de los médicos de asistencia primaria, que no pasan de los males superficiales. Nosotros los especialistas somos los que tratamos con las afecciones graves y la mayoría de las veces... Bueno si me disculpan, tengo mucha prisa, me están esperando. Y no se preocupe Ramón, le dejo en buenas manos, Matías está muy preparado para asumir estas contingencias.

El especialista marchó y Ramón miró al psicólogo, que parecía más necesitado que él mismo de asistencia psicológica. Se le veía hecho polvo hasta el punto que Ramón, le dio una amistosa palmada en el hombro:

–¡Vamos hombre no será para tanto! –anunció animoso Ramón.

–¡Joder que tío más bestia! ¿Pero a usted le parece que son maneras de decir las cosas?

–Hombre, no sé –respondió confuso Ramón.

–Mire, ahora mismo... estoy muy afectado, ¿sabe qué?, pida hora en recepción, yo me anoto su caso y le tendré una terapia preparada, ¿le parece bien?

–Sí, sí, lo que usted diga, pero anímese..., no se preocupe hombre, ya verá como después de todo..., nada, no será nada.

El psicólogo compungido agradeció el apoyo brindado por el paciente y se despidieron.

Era la hora de comer cuando Ramón abandonó el ambulatorio, tenía que volver dentro de cuatro meses para la visita con el psicólogo, según la fecha que le dieron en recepción.

Entró en un bar próximo a comer, pediría el menú del día, no le daba tiempo de ir a casa calentarse la comida y estar a la hora en la fábrica.

Echaba un trago a la caña de cerveza que pidió, mientras esperaba el primer plato, lentejas, cuando recordó las palabras del doctor: “Menos de un mes de vida, cinco o seis semanas tal vez...”.

Y de repente se le atragantó la cerveza:

-¡¡Joder!!, ¡menos de un mes, por unas almorranas de mierda! No si de la manera que sangraban no podía ser nada bueno..., ¿y qué hago yo ahora? No me voy a pasar las últimas semanas de mi vida, trabajando como un cabrón, ¡faltaría más!

–Aquí tiene caballero.

–¿Qué es esto?.

–El primer plato, ¿no ha pedido el menú del día?

–¡Lentejas!, ¿me queda menos de un mes de vida y me traes lentejas?

–¿¡...!?

–¡Dáselas a otro, chaval!

Arrojó despectivamente la servilleta sobre la mesa y abandonó el bar con la mente atribulada: "Veinticuatro años, o veinticinco, da igual, en la flor de la vida y un mes, quizás menos, para disfrutar de todas las mieles que hasta ahora la vida me ha negado, porque eso sí, si me tengo que morir lo haré con el “Bono-Bus” consumido. No dejaré nada sin catar".

Pasó ante el escaparate de una agencia de viajes y las fantásticas ofertas de viajes a países exóticos, llamaron su atención:

–¡Eso es, para empezar un viaje!

Una hora después abandonó la agencia bastante malhumorado, para confirmar la reserva, debía abonar el 40% del importe del viaje, el resto tres días más tarde al recoger los billetes. Y su economía no estaba para esos trotes. Además estaba el tema del pasaporte, el visado, las vacunas..., en fin, el viaje al Caribe se quedaba para la próxima vida.

–De acuerdo, antes que nada, necesito fondos, para financiarme la poca vida que me queda.

Cuando llegó a la fábrica fue a hablar con el gerente, le comentó que debían hacerle unas pruebas muy complicadas y para ello debía trasladarse a la capital. Le adelantaron, sin problemas, tres mensualidades y una paga extra. Como no se encontraba muy bien, pasó por caja a cobrar y marchó a casa: ¡qué trabajen los negros, no te jode!

Puso un par de mudas en una maleta, buscó en la guía de teléfonos un número e hizo una reserva.

Por la mañana se presentó en su banco a solicitar un préstamo, ¡tampoco lo pensaba devolver, je, je, je! Con su nomina, el Plan de Pensiones y la amistad del director, total menos de tres mil euros..., ¡poco para pasar un mes a lo grande! Así que canceló la Cuenta Vivienda que mantenía a medias con su novia, para comprarse aquella mierda de casa adosada, el día que decidieran casarse. ¡Vas lista monada, ja!

Antes de marchar hacia la capital, ¡allá voy vida!, pasó por casa de Natalia, su novia, para despedirse. Su futura suegra le abrió la puerta, muy sorprendida y pensando: “a esas horas el tipo debería estar en la fábrica”.

–¿Ramón, qué te sucede, no te encuentras bien?

–¡De maravilla, señora, muy bien gracias! ¿Está Natalia?

–No, claro, está trabajando, como deberías estar tú, ¿no?

–Mire señora, soy ya mayorcito para saber donde debería estar a estas horas y sabe que le digo, que se meta a su hija donde le quepa, ¡bruja de mierda!

Y dando media vuelta la dejó, perpleja, pero no por el desaire sufrido, sino por la posibilidad, entrevista, de que su hija se librara por fin de ese muerto de hambre. ¡Al fin! Su hija se merecía algo más y mejor, y el chico de los yogures, es tan simpático y atento.

Ramón pasó por el supermercado donde Natalia trabajaba de cajera, y la encontró tonteando con el reponedor de los yogures:

–¡Natalia!

–¡Ah, hola Ramón!, ¿qué te pasa?

–Veo que estas muy “entretenida”.

–¿Entretenida?, no que va, estamos reponiendo los yogures caducados...

–Bueno da igual, mira he venido a decirte que me marcho.

-¿Ah, sí... y eso?

–Es que..., bueno, da igual, ya te enterarás.

Sin demasiada aflicción se besaron en las mejillas y Ramón, mirando con pena al chico de los yogures, se marchó.

A media tarde, ya en la capital, paró ante el hotel Imperial, cinco estrellas súper-lujo. Entró, en recepción se registró, un botones le aparcó el roñoso vehículo en el parking y le subió el escaso equipaje a la habitación. Él, mientras, babeaba repasando el lujo del cuarto de aseo, tocando los accesorios y complementos, puso en marcha el jacuzzi que se comenzó a llenar.

–¿Desea algo más el señor?

–Sí, ¿me puedes conseguir la Guía del Ocio?, por favor.

Y le largó tan soberbia propina, que hizo brotar en el botones su amabilidad mas servil. A los quince minutos estaba metido, en el agua caliente y burbujeante, hasta el cuello, una mano al teléfono y un anuncio subrayado en la otra:

–¿Susi?, te espero en la suite 1333 del hotel Imperial.

Dejó el teléfono y la guía y se sirvió, medio vasito del fantástico whisky de malta, Gran Reserva 12 años, que le acaba de subir, su ya amigo del alma, el botones de la decimotercera planta.

Se enjugaba con una de las enormes toallas de baño, cuando llamaron desde recepción:

–¡Sí, que suba... es... es mi secretaria!

Abrió la puerta mientras se ataba el albornoz y para su sorpresa, Susi, resultó ser un travestí, negro para más señas y vestido como un putón:

–¡Hola cariño!, ¿eres Ramón?

-¿Eh... yo...?, no, que va.

–¿Pero esta es la 1333?

–Sí, pero…

Él o ella, le dio un empujón, cerró la puerta y agarrando al perplejo Ramón por las solapas del albornoz, le dijo con marcada hostilidad:

–¡Mira, si quieres que juguemos a algo, vale, pero sino, me tienes que pagar igual, ¿vale? Vamos a llevarnos bien.

–Vale... vale.

Ramón sacó de su cartera la cantidad acordada por teléfono y se la entregó:

–¿De verdad no te apetece una mamadita?

–No, no gracias...

–Puedo ser muy cariñosa, ¿sabes?

–No, no, gracias... Susi.

–Bueno en ese caso me marcho.

El travestí se despidió y Ramón quedó bastante desconcertado por la experiencia. Se arregló y bajó a cenar, tratando de animarse: "Bah una mala experiencia la tiene cualquiera". Aunque un escalofrío le recorría la espalda.

Al pasar por recepción, el encargado de Relaciones Publicas del hotel, le llamó a parte:

–¿Cuántos días piensa quedarse, caballero?

–No sé..., tres o cuatro...

–Perfecto...

–Semanas o meses quizás.

–¡Ah, semanas o meses!. En ese caso, sería conveniente que hiciera un depósito en la caja del hotel, es lo habitual en estos casos, ¿sabe?

–Sí claro, como no.

Después de cenar, subió a la habitación, bajó el dinero y lo ingresó en recepción. Luego salió a dar una vuelta tratando que se le pasara el mal humor que entre la puta Susi y el capullo estirado ese...

–¡Joder que pava!

Un grupo de mozas acababa de entrar en una discoteca y Ramón fue detrás. No se veía mucha gente en el interior, quizás era pronto. Se acercó al grupo y no le hicieron ni caso. Se ofreció a invitarlas, aceptaron, bebieron, rieron y en cuanto trató de acercar la mano más de la cuenta, se despidieron de su compañía, dejándole solo con una cuenta pendiente que se llevó la mitad de su efectivo. El camarero, veterano en su oficio, observó:

–Me parece que lo que estás buscando es, algo más serio ¿no?

–Un poco de marcha, joder. Ya me entiendes...

–Ven a las dos y veras el ganado que se junta aquí.

Decidió regresar al hotel, estaba cansado y aquel no era su día. Ya en la habitación, se resistía a pasar una noche más practicando la dieta de abstinencia sexual, a la que le sometía la estrecha Natalia, hizo otro intento. Llamó a una tal Jeni, pero al oír la sensual voz femenina en el auricular tuvo una idea brillante. Colgó y marcó de nuevo:

–¿Natalia...?

–¿Ramón, dónde te has metido?, nos tienes muy preocupados a todos.

–Natalia, tienes que venir...

–¿Dónde estás cariño?

–En el Imperial...

–¿Dónde?

–¡Joder, en el hotel Imperial! Ven, por favor, tenemos que hablar, tengo que decirte algo muy importante.

–No te muevas, en un par de horas estoy ahí.

–¡Je, je, esto funciona! –pensó Ramón: ¿Para qué me voy a gastar el dinero en putas?, le contaré lo de mi enfermedad terminal, se compadecerá y aunque sea por última vez echaremos un par de polvos, je, je, je".

Efectivamente en menos de dos horas, llamaron a la puerta de la habitación. Natalia estaba más guapa que nunca, incluso se había maquillado ligeramente.

–¡Qué rápido has llegado!

–Me ha traído Julián.

–¿Quién?

–Si hombre, el de los yogures.

–¡¡Hay que joderse!! Yo muriéndome y tú...

–Vamos Ramón, no te pongas así. Bastante favor me ha hecho con traerme, ¿no? Haber, ¿qué es lo que te pasa? ¿Qué es eso de que te estás muriendo? Mi madre me ha dicho que estabas muy raro.

–Tengo una enfermedad, un cáncer en fase terminal.

–¿Qué dices...?, ¡Dios mío! ¿y cómo te has enterado?

–Esta mañana he estado en el médico, ya sabes que tenía visita... Y me lo ha confirmado. Menos de un mes me queda.

–Válgame Dios..., ¿cómo es posible, si estás tan lleno de vida?

–Los resultados de las pruebas no admiten duda. Me queda menos de un mes de vida, unas semanas tal vez.

Ramón, conocía muy bien a Natalia y efectivamente, la historia la estaba ablandando. Ahora ella le abrazaba, tratando de consolarle y entre gimoteo y gimoteo le besuqueaba. De modo que cuando él, la requirió sus favores, no solo no se mostró remisa, sino que se los concedió generosamente.

Pasada la medianoche, hartos de follar, ¡incluso lo hicieron en la ducha! Natalia se asomó al balcón, el frescor de la noche era vivificante. Ramón la abrazó, la besó en la nuca, acaba de decidir que esperarían juntos el final, allí en aquella habitación, viviendo como dos marqueses.

–¿Sabes...?, esta tarde han telefoneado del ambulatorio, un tal Miguel A. Matías… –dijo Natalia, muy seria.

–¡Ah, sí!, el psicólogo, ¿qué quería?

Natalia, se sentó en la barandilla de piedra del balcón y Ramón también, para seguir abrazándola. Se arrebujaron en los albornoces, hacía algo de frío:

–Parece ser que han confundido tu expediente con otro.

–¡¡¿Qué?!!

–El que sufre el cáncer terminal se llama Raimundo Bernárdez y tú, Ramón Fernández, tan solo tienes unas hemorroides inflamadas por el estreñimiento, probablemente, o una mala dieta. ¿Qué gracia verdad? Como ha dicho el tal Matías: "Eso, le puede pasar a cualquiera".

Ramón, preso por la sorpresa, la soltó para llevarse las manos a la cabeza y en ese momento Natalia le empujó con todas sus fuerzas, Ramón cayó por el balcón y a duras penas consiguió agarrarse a los barrotes de hierro forjado que embellecían la balconada:

–¡¡Ah, ayúdame Natalia, que me caigo!!

Ella se agachó, le agarró una mano y comenzó a soltarle los dedos uno a uno al tiempo que le decía:

–Ah, también me ha llamado el director del banco.

Lo que mantenía a Ramón paralizado de pánico, era sentir la tranquilidad con que Natalia, le estaba abriendo los dedos y explicándose al mismo tiempo:

–Para decirme que habías cancelado la Cuenta Vivienda, pero a pesar de todo el Seguro de Vida vinculado a la cuenta, te cubre hasta el mes que viene, ¿qué bien verdad? Es un millón de euros y yo su única beneficiaria.

–¡¡Ahh!!

Ramón se estrelló contra el suelo y la llorosa Natalia, precisó asistencia psicológica, a causa del shock producido por el suicidio de su novio.

El doctor Miguel A. Matías, psicólogo de guardia, la atendió en Urgencias, muy afectado por el suceso.

domingo, 12 de septiembre de 2010

¡DIOS LO QUIERE!


Hola, amigos y seguidores. En esta ocasión os comunico la publicación de mi novela histórica ¡DIOS LO QUIERE! en formato de libro electrónico.
En ella se narran los sucesos acaecidos durante la Primera Cruzada a Tierra Santa, protagonizados por uno de los miles de seguidores de Pedro el Ermitaño.