sábado, 16 de octubre de 2010

TRES DESEOS

Sabela paseaba por lo que quedaba de la playa tras el fuerte temporal de Levante de los días pasados. Llevaba puesta la capucha del chándal y las gafas de sol, para disimular un morado en el pómulo derecho. El bestia de su marido había vuelto a golpearla. La hinchazón del ojo remitía, ya podía abrirlo, pero aún le dolía mucho. Muchas veces se preguntaba el porque de tanta violencia, sin duda ella era la culpable. ¿Pero por qué? No sería por las estrecheces económicas, y su Alejandro no bebía.

La primera vez que acudió a una de esas asociaciones que ayudan a las mujeres maltratadas, se quedaron perplejos: la pareja no respondía al modelo prefijado de las parejas conflictivas, carecían de apuros económicos y el monstruo del Alcoholismo, el del Juego, o el de los Celos, no se daban en la pareja. De modo que, salvo un examen psicológico a fondo, cabían dos explicaciones: o la pegaba por gusto, por mero placer (sádico), o era un cabrón necesitado de autoafirmación. La aconsejaron que acudiera a la próxima visita, acompañada de su marido, para una entrevista a fondo.

Por supuesto ella obvió comentárselo a su esposo, quizás tan solo fue algo fortuito, algo pasajero. Alejandro estaba enamorado de ella y no paraba de demostrárselo. Procuraban estar juntos el mayor tiempo posible, salían de compras, iban al cine o a tomar una copa. La verdad es que no tenían amigos, pero eso ya sucedía cuando tan solo eran una pareja de novios. Lo peor era el sentimiento de impotencia y culpabilidad, la sensación de frustración, de estar errando en algo vital desde que comenzaron los malos tratos.

Entonces tropezó con algo, algo metálico. Se volvió para mirar, entre la arena sobresalía una especie de asa, muy corroída, como si hubiera estado mucho tiempo en el agua marina. Sin duda un resto arrojado a la playa por el temporal. Continuó caminando, pero pensó que alguien más podría tropezar con aquel hierro y hacerse daño, así que volvió sobre sus pasos, se agachó para estirar de aquello, fuera lo que fuese. Un fuerte dolor en las costillas, le recordó las patadas que su Alejandro, le propinara la última vez... casi se marea... Cayó de rodillas sobre la arena.

–¡Hijo de puta!, la próxima vez que me pongas la mano encima...

Sabela se agarró con fuerza al asa herrumbrosa pero no se movía, miró a su alrededor, tan solo un chiquillo jugando con un perro y allá a lo lejos algunos operarios del Ayuntamiento, con maquinaria pesada, tratando de reparar los desperfectos ocasionados por el temporal en un colector de aguas sucias.

Escarbó con ambas manos y poco a poco fue desenterrando algo parecido a las lámparas mágicas que suelen aparecer en las películas antiguas de Aladino.

–¡Qué chuli!, ojalá te pudiera pedir tres deseos, como en las pelis.

Sabela se tendió en la arena, a pesar de ser pleno invierno, el Sol calentaba ligeramente y la ausencia de viento proporcionaba un agradable bien estar.

–¿A ver, qué te podría pedir? Lo de siempre: Salud, Dinero y Amor... ¡No, qué va!, salud, tengo de sobras, bueno si descontamos algunos moretones. Dinero, ¿para qué?, con la hipoteca pagada y el bufete lleno de clientes... y en cuanto al Amor..., ¡ja, amor!, crees que has encontrado al hombre de tus sueños, hasta que se convierte en el cabrón de tus insomnios.

Tuvo que levantarse, el dolor de las costillas no la permitía estar más tiempo, recostada.

–¡¡Sabela!!

Se volvió al oír su nombre, era Alejandro, venía muy decidido hacia ella y un escalofrío le puso la carne de gallina. Instintivamente se agarró con fuerza al asa de la lámpara.

–¿Dónde te habías metido, Sabela, hace rato que te busco?

–Estaba dando una vuelta.

–Me tenías preocupado.

–Sí, claro, supongo que echabas en falta a tu sparring.

–¿Por qué dices eso, mujer?

–¡Serás cabrón! ¿A ti qué te parece que es esto?

Sabela, señalaba su ojo tumefacto, tras quitarse las gafas con la mano libre. Su marido visiblemente avergonzado balbuceó:

–Mujer..., yo..., no sé lo que me pasó...

–¡Pero es que esta no es la primera vez, y me tienes harta, harta!, ¿comprendes?

–Mujer, no hace falta que levantes la voz.

–Y tú no hace falta que levantes la mano.

–Perdóname.

–Sí, claro y así lo arreglamos todo. ¡Ojalá durante un par de días pudiéramos cambiar los papeles!

–¿Qué quieres decir?

–¡Desearía que te convirtieras en una mujer!, ¡Cristo! Te ibas a enterar, de lo que vale un peine, si ¡yo! fuera tu marido.

Debieron regresar a casa... Sabela no lo recordaba. Cuando se despertó en su cama, se sentía rara, pero no le dolía nada. A su lado dormía su marido y profundamente a juzgar por la respiración pausada que se adivinaba en los movimientos de su espalda. Se levantó para ir al aseo tratando de no despertarle, pues seguro que requeriría sus favores sexuales y aunque Sabela sentía una extraña sensación de apetencia, deseaba castigarle por su mal comportamiento de los días pasados.

–¡¡...!!

La sorpresa casi la ahoga, al verse entre las piernas, ¡¡aquel pene, aquel pito, aquella polla!!, la soltó como si le diera asco tocarla y al verse en el espejo vio una cara masculina, parecida a la de su Alejandro, pero con menos barba y más...

–¡¡Dios mío!!, ¿qué ha pasado?

Y al volverse vio el artilugio oxidado que hallara en la playa y comprendió que el deseo formulado en voz alta se había cumplido:

–¿Luego, si yo soy un hombre?, ¡él... será ella...!

Y poco a poco, la curiosidad fue venciendo a la sorpresa y a la incredulidad. Al mismo tiempo la erección que crecía en su entrepierna, aumentaba la sensación de seguridad y poder.

Con una sonrisa maliciosa en los labios, regresó al dormitorio, él/ella, dormía apaciblemente, ella/él, quitó el cinturón de los pantalones lo dobló por la mitad, se llenó la mano con la hebilla y procurando no despertar a él/ella, apartó el edredón con la sabana hasta los pies, luego azotó el culo dormido.

Él/ella, dio tal respingo al sentir el fuerte correazo, que no tuvo tiempo de darse cuenta de su situación, los correazos seguían cayendo, junto con las imprecaciones, amenazas, maldiciones e insultos que ella/él proferían, embriagada/do de violencia.

Él/ella arrebujado/da tras la almohada comenzó a llorar, suplicando que cesara el castigo. Dolía tanto como la empanada mental que no le/la dejaba reaccionar. Ella/él, cansada por la paliza infligida pero feliz... más que felicidad el sentimiento era de... PODER... poder absoluto sobre otro ser humano aterrado y sentía que algo la/le impulsaba a consumar aquella fechoría, de modo que obligó a él/ella, convertido/da en un despojo lloriqueante a darse la vuelta y le/la sodomizó... con bastante torpeza, cabe decirlo, pues ambos se hicieron daño y ninguno disfrutó.

Él/ella continuaba llorando, cuando ella/él concluyó el acto.

Sabela/Alejandro pudo saber por fin como era la soledad de un orgasmo masculino y Alejandro/Sabela, comprendió la vacuidad feliz de la satisfacción ajena a costa de uno mismo, ¿o no?

Sabela/Alejandro se apartó, con algo de asco, de su pareja que no paraba de sollozar, dolido/da por la confusión que le anegaba el entendimiento. Alejandro/Sabela se enjugó las lágrimas con una de las sabanas suplicaba aterrado/da, una explicación.

Sabela/Alejandro, recogió de encima de la cama la correa y él/ella, se estremeció y comenzó a negar con la cabeza:

–Es horrible la brutalidad cuando la sientes en la propia carne, ¿verdad?, ¡hijo puta!

–¿Qué..., qué está pasando...?

–¡Da igual lo que esté pasando, no te preocupes por lo que esté pasando y concéntrate en lo que te está pasando a ti, gilipollas!

Alejandro/Sabela, confuso/sa, dolido/da, se levantó para ir al aseo y Sabela/Alejandro, la/le siguió.

Él/ella, sorprendido/da al verse su nuevo sexo femenino, dudaba entre ponerse a gritar de puro pánico o sentarse en la taza del inodoro a mear. Finalmente la fuerza de la Naturaleza le/la hizo tomar asiento. Mientras meaba miró a su pareja:

–No estás comprendiendo nada ¿verdad?

–¿Qué esta pasándonos, y por qué me has pegado?

–Por la misma razón, por la que tú me... no por la misma no, pues desconozco tus razones para agredirme y la verdad es que ya no me importan. ¿Qué sientes cuando tu puño me golpea la cara, cuando me pones un ojo morado y aún así, sigues golpeándome con saña, cuando me sangra la nariz y me cubro la cara, para que no me pegues más, entonces la emprendes a patadas?

–¡Lo hago por que...!

–¡Te he dicho que no me importa el "por qué"!, lo que quiero saber es, ¿qué sientes, acaso disfrutas, es por sadismo, eh? ¿Quizás dominar a una mujer, a un ser más débil, te hace sentir mas hombre?, ¿es un problema de educación, viste hacer eso en casa de tus padres?

–No, sé... yo.

–Me das asco, pero no por tu ridículo aspecto.

Sabela/Alejandro, volvió al dormitorio se vistió, pero al mirarse en el espejo y ver la imagen de un hombre con un vestido de mujer, se lo quitó para colocarse un chándal, algo más unisex. Entró en el cuarto de baño, Alejandro/Sabela seguía sentado/da en la taza, tratando de procesar mentalmente todo lo sucedido aquella mañana. Ya no lloraba tanto y se palpaba las nalgas azotadas.

Sabela/Alejandro cogió la lámpara mágica y regresó a la playa. Mientras caminaba, sin darse cuenta se le fueron los ojos detrás de una moza que patinaba por el paseo con bastante gracia.

–Tan solo lo hace para lucir esa figura que Dios le ha dado. ¡La madre que la parió que buena está! ¡¡Joder, si ya estoy pensando como un tío!!

Arribó al rompeolas, tomó la lámpara con ambas manos y dijo:

–Mi tercer deseo, es que los dos anteriores se deshagan. Quiero volver a ser una mujer y que Alejandro..., me da igual si se queda como está..., ¡no!..., que vuelva a ser un hombre, como dijo el sabio: "En esta vida, cada uno tiene lo que se merece".

Luego la arrojó a las olas, confiando que nunca, nadie, diera con ella.

Tornó a su casa, no había nadie, el cambio aún no se había producido en ella/él y un temor la/le asaltó:

–Me he desecho de la lámpara sin esperar a que se cumpla mi tercer deseo.

Llamaron a la puerta, la abrió. Era la Policía:

–¿Alejandro Morales?, tiene que acompañarnos.

–¿Qué... por qué?

–Su mujer le ha denunciado por agresión y violación.

–¡¡¿A mí?, será hijo de puta!!

–Tendrá que acompañarnos, si lo desea desde Comisaría, podrá llamar a un abogado, si no, se le asignará uno de Oficio.

–¿Dónde está... él... quiero decir ella?

–Ahora la está examinando un médico forense de la Policía.

Sabela/Alejandro, se negó a llamar a un letrado y tampoco aceptó hablar con uno del Turno de Oficio.

A la mañana siguiente, ningún agente pudo explicarse que hacía una mujer hermosa, ceñuda y cansada, exigiendo que abrieran la celda, donde el día anterior encerraron a un maltratador.

Sabela no facilitó ninguna explicación, atribuyendo su presencia en el calabozo a un error policial. Un médico Forense de la Policía, la examinó y una vez comprobado que no cabía la menor duda sobre la condición sexual del detenido/da, fue puesta en libertad.

En casa halló una nota de Alejandro, informándola que se había marchado a pasar unos días a casa de sus padres: "Necesito aclarar mis ideas, un tiempo de separación nos ira bien a ambos".

Llamaron a la puerta, abrió. Un cartero le traía una carta certificada y con Acuse de Recibo.

La abrió, se trataba de una Demanda de Separación y Divorcio interpuesta por él/ella contra ella/él, acusándola/le de malos tratos físicos y psíquicos.

domingo, 19 de septiembre de 2010

LE PUEDE PASAR A CUALQUIERA

A pesar de tener cita concertada para las 9,45, eran las 11 y aún tenía a tres personas delante de él. Por fin la enfermera leyó su nombre en un listado lleno de tachones, notas, cruces y borrones. Él alzó la mano y ella dispuso tajante:

–¡Va usted detrás de esta señora!

Y prosiguió con su retahíla de hombres llamando a cinco, quizás seis, pacientes ansiosos por ser visitados. La mayoría esperaban eso una visita, que no la cura a sus dolencias. Acaso unas recetas de fármacos milagrosos; tal vez una opinión breve sobre el resultado de un análisis, una radiografía u otra prueba solicitada por el médico y de la cual el propio galeno no recordaba nada.

Cuando le llegó el turno, la enfermera volvió a pronunciar su nombre de esa forma tan impersonal que deben aprender en los cursos, a los que ¡no asisten!, de amabilidad con los pacientes. Él entró en la consulta y sin alzar la vista del expediente el médico ordenó:

–Siéntese señor Bernárdez...

–Es Fernández.

–Sí, bueno, ¿cómo se encuentra hoy?

–Bien, aunque la pomada que me recetó la otra vez no...

–¿Pomada?, no veo anotada la prescripción de ninguna pomada, aquí.

–Sí, bueno, es que no me visitó usted..., debía estar de vacaciones.

–¡Bah!, sustitutos. Esto no pinta bien Bernárdez, nada bien..., a ver un momento por favor.

Ramón, renunció a volver a corregir al doctor. Tras la larga espera en los incómodos asientos de la sala de espera, tenía las almorranas muy, muy doloridas y deseaba concluir lo antes posible con la visita. El especialista efectuaba una llamada telefónica y a juzgar por la espera su interlocutor no...

–Por favor, soy el doctor Mendiguren, necesito apoyo psicológico.

–...

–¡Muy graciosa!, no es para mí, es para un paciente. Bien de acuerdo, que no se demore, tengo algo de prisa.

Colgó el teléfono y sin decirle nada a Ramón, que se empezaba a impacientar, volvió a repasar unos informes, los resultados de unos análisis que Ramón no recordaba que le hubieran hecho. Llamaron a la puerta.

–¡Adelante! –ordenó el médico.

Entró un joven con cara de loco y greñas de nena. Vestía bata blanca y la etiqueta de la solapa le identificaba como Miguel A. Matías. Se presentó como psicólogo:

–¿Cómo está usted, señor...?

–Fernández, Ramón Fernández.

Se dieron la mano y el doctor Mendiguren tratando de abreviar, de la manera tan bestia que algunos médicos aprenden en el segundo año de Prácticas, soltó sin más preámbulos:

–Según los resultados de las últimas pruebas, le queda menos de un mes de vida señor Bernárdez, quizás cinco o seis semanas a mucho estirar –y dando carpetazo al expediente se quedó tan ancho.

Por supuesto que el susto se lo llevó el psicólogo y no Ramón, quien se espantó un poco al ver la cara de circunstancias con que el loquero miraba al especialista, llamándole demente y salvaje con la mirada.

–¿Está usted seguro? –preguntó el psicólogo.

–Sin ningún genero de dudas. Menos de un mes, quizás unas cinco semanas, es difícil de precisar. Según la evolución del tumor –afirmó categórico el doctor Mendiguren, al tiempo que se levantaba.

–¡Un momento!, ¿qué tumor?. A mí me están tratando unas hemorroides.

–¡Ojalá, señor...

–Fernández.

–Fernández o Bernárdez, da lo mismo..., las pruebas no admiten confusión, se trata de un cáncer de colon muy extendido y lo de las hemorroides tan solo es una dolencia colateral. Pero aunque hasta ahora le hayan tratado esas molestias, el mal de fondo ha ido creciendo. Ese es el problema de los médicos de asistencia primaria, que no pasan de los males superficiales. Nosotros los especialistas somos los que tratamos con las afecciones graves y la mayoría de las veces... Bueno si me disculpan, tengo mucha prisa, me están esperando. Y no se preocupe Ramón, le dejo en buenas manos, Matías está muy preparado para asumir estas contingencias.

El especialista marchó y Ramón miró al psicólogo, que parecía más necesitado que él mismo de asistencia psicológica. Se le veía hecho polvo hasta el punto que Ramón, le dio una amistosa palmada en el hombro:

–¡Vamos hombre no será para tanto! –anunció animoso Ramón.

–¡Joder que tío más bestia! ¿Pero a usted le parece que son maneras de decir las cosas?

–Hombre, no sé –respondió confuso Ramón.

–Mire, ahora mismo... estoy muy afectado, ¿sabe qué?, pida hora en recepción, yo me anoto su caso y le tendré una terapia preparada, ¿le parece bien?

–Sí, sí, lo que usted diga, pero anímese..., no se preocupe hombre, ya verá como después de todo..., nada, no será nada.

El psicólogo compungido agradeció el apoyo brindado por el paciente y se despidieron.

Era la hora de comer cuando Ramón abandonó el ambulatorio, tenía que volver dentro de cuatro meses para la visita con el psicólogo, según la fecha que le dieron en recepción.

Entró en un bar próximo a comer, pediría el menú del día, no le daba tiempo de ir a casa calentarse la comida y estar a la hora en la fábrica.

Echaba un trago a la caña de cerveza que pidió, mientras esperaba el primer plato, lentejas, cuando recordó las palabras del doctor: “Menos de un mes de vida, cinco o seis semanas tal vez...”.

Y de repente se le atragantó la cerveza:

-¡¡Joder!!, ¡menos de un mes, por unas almorranas de mierda! No si de la manera que sangraban no podía ser nada bueno..., ¿y qué hago yo ahora? No me voy a pasar las últimas semanas de mi vida, trabajando como un cabrón, ¡faltaría más!

–Aquí tiene caballero.

–¿Qué es esto?.

–El primer plato, ¿no ha pedido el menú del día?

–¡Lentejas!, ¿me queda menos de un mes de vida y me traes lentejas?

–¿¡...!?

–¡Dáselas a otro, chaval!

Arrojó despectivamente la servilleta sobre la mesa y abandonó el bar con la mente atribulada: "Veinticuatro años, o veinticinco, da igual, en la flor de la vida y un mes, quizás menos, para disfrutar de todas las mieles que hasta ahora la vida me ha negado, porque eso sí, si me tengo que morir lo haré con el “Bono-Bus” consumido. No dejaré nada sin catar".

Pasó ante el escaparate de una agencia de viajes y las fantásticas ofertas de viajes a países exóticos, llamaron su atención:

–¡Eso es, para empezar un viaje!

Una hora después abandonó la agencia bastante malhumorado, para confirmar la reserva, debía abonar el 40% del importe del viaje, el resto tres días más tarde al recoger los billetes. Y su economía no estaba para esos trotes. Además estaba el tema del pasaporte, el visado, las vacunas..., en fin, el viaje al Caribe se quedaba para la próxima vida.

–De acuerdo, antes que nada, necesito fondos, para financiarme la poca vida que me queda.

Cuando llegó a la fábrica fue a hablar con el gerente, le comentó que debían hacerle unas pruebas muy complicadas y para ello debía trasladarse a la capital. Le adelantaron, sin problemas, tres mensualidades y una paga extra. Como no se encontraba muy bien, pasó por caja a cobrar y marchó a casa: ¡qué trabajen los negros, no te jode!

Puso un par de mudas en una maleta, buscó en la guía de teléfonos un número e hizo una reserva.

Por la mañana se presentó en su banco a solicitar un préstamo, ¡tampoco lo pensaba devolver, je, je, je! Con su nomina, el Plan de Pensiones y la amistad del director, total menos de tres mil euros..., ¡poco para pasar un mes a lo grande! Así que canceló la Cuenta Vivienda que mantenía a medias con su novia, para comprarse aquella mierda de casa adosada, el día que decidieran casarse. ¡Vas lista monada, ja!

Antes de marchar hacia la capital, ¡allá voy vida!, pasó por casa de Natalia, su novia, para despedirse. Su futura suegra le abrió la puerta, muy sorprendida y pensando: “a esas horas el tipo debería estar en la fábrica”.

–¿Ramón, qué te sucede, no te encuentras bien?

–¡De maravilla, señora, muy bien gracias! ¿Está Natalia?

–No, claro, está trabajando, como deberías estar tú, ¿no?

–Mire señora, soy ya mayorcito para saber donde debería estar a estas horas y sabe que le digo, que se meta a su hija donde le quepa, ¡bruja de mierda!

Y dando media vuelta la dejó, perpleja, pero no por el desaire sufrido, sino por la posibilidad, entrevista, de que su hija se librara por fin de ese muerto de hambre. ¡Al fin! Su hija se merecía algo más y mejor, y el chico de los yogures, es tan simpático y atento.

Ramón pasó por el supermercado donde Natalia trabajaba de cajera, y la encontró tonteando con el reponedor de los yogures:

–¡Natalia!

–¡Ah, hola Ramón!, ¿qué te pasa?

–Veo que estas muy “entretenida”.

–¿Entretenida?, no que va, estamos reponiendo los yogures caducados...

–Bueno da igual, mira he venido a decirte que me marcho.

-¿Ah, sí... y eso?

–Es que..., bueno, da igual, ya te enterarás.

Sin demasiada aflicción se besaron en las mejillas y Ramón, mirando con pena al chico de los yogures, se marchó.

A media tarde, ya en la capital, paró ante el hotel Imperial, cinco estrellas súper-lujo. Entró, en recepción se registró, un botones le aparcó el roñoso vehículo en el parking y le subió el escaso equipaje a la habitación. Él, mientras, babeaba repasando el lujo del cuarto de aseo, tocando los accesorios y complementos, puso en marcha el jacuzzi que se comenzó a llenar.

–¿Desea algo más el señor?

–Sí, ¿me puedes conseguir la Guía del Ocio?, por favor.

Y le largó tan soberbia propina, que hizo brotar en el botones su amabilidad mas servil. A los quince minutos estaba metido, en el agua caliente y burbujeante, hasta el cuello, una mano al teléfono y un anuncio subrayado en la otra:

–¿Susi?, te espero en la suite 1333 del hotel Imperial.

Dejó el teléfono y la guía y se sirvió, medio vasito del fantástico whisky de malta, Gran Reserva 12 años, que le acaba de subir, su ya amigo del alma, el botones de la decimotercera planta.

Se enjugaba con una de las enormes toallas de baño, cuando llamaron desde recepción:

–¡Sí, que suba... es... es mi secretaria!

Abrió la puerta mientras se ataba el albornoz y para su sorpresa, Susi, resultó ser un travestí, negro para más señas y vestido como un putón:

–¡Hola cariño!, ¿eres Ramón?

-¿Eh... yo...?, no, que va.

–¿Pero esta es la 1333?

–Sí, pero…

Él o ella, le dio un empujón, cerró la puerta y agarrando al perplejo Ramón por las solapas del albornoz, le dijo con marcada hostilidad:

–¡Mira, si quieres que juguemos a algo, vale, pero sino, me tienes que pagar igual, ¿vale? Vamos a llevarnos bien.

–Vale... vale.

Ramón sacó de su cartera la cantidad acordada por teléfono y se la entregó:

–¿De verdad no te apetece una mamadita?

–No, no gracias...

–Puedo ser muy cariñosa, ¿sabes?

–No, no, gracias... Susi.

–Bueno en ese caso me marcho.

El travestí se despidió y Ramón quedó bastante desconcertado por la experiencia. Se arregló y bajó a cenar, tratando de animarse: "Bah una mala experiencia la tiene cualquiera". Aunque un escalofrío le recorría la espalda.

Al pasar por recepción, el encargado de Relaciones Publicas del hotel, le llamó a parte:

–¿Cuántos días piensa quedarse, caballero?

–No sé..., tres o cuatro...

–Perfecto...

–Semanas o meses quizás.

–¡Ah, semanas o meses!. En ese caso, sería conveniente que hiciera un depósito en la caja del hotel, es lo habitual en estos casos, ¿sabe?

–Sí claro, como no.

Después de cenar, subió a la habitación, bajó el dinero y lo ingresó en recepción. Luego salió a dar una vuelta tratando que se le pasara el mal humor que entre la puta Susi y el capullo estirado ese...

–¡Joder que pava!

Un grupo de mozas acababa de entrar en una discoteca y Ramón fue detrás. No se veía mucha gente en el interior, quizás era pronto. Se acercó al grupo y no le hicieron ni caso. Se ofreció a invitarlas, aceptaron, bebieron, rieron y en cuanto trató de acercar la mano más de la cuenta, se despidieron de su compañía, dejándole solo con una cuenta pendiente que se llevó la mitad de su efectivo. El camarero, veterano en su oficio, observó:

–Me parece que lo que estás buscando es, algo más serio ¿no?

–Un poco de marcha, joder. Ya me entiendes...

–Ven a las dos y veras el ganado que se junta aquí.

Decidió regresar al hotel, estaba cansado y aquel no era su día. Ya en la habitación, se resistía a pasar una noche más practicando la dieta de abstinencia sexual, a la que le sometía la estrecha Natalia, hizo otro intento. Llamó a una tal Jeni, pero al oír la sensual voz femenina en el auricular tuvo una idea brillante. Colgó y marcó de nuevo:

–¿Natalia...?

–¿Ramón, dónde te has metido?, nos tienes muy preocupados a todos.

–Natalia, tienes que venir...

–¿Dónde estás cariño?

–En el Imperial...

–¿Dónde?

–¡Joder, en el hotel Imperial! Ven, por favor, tenemos que hablar, tengo que decirte algo muy importante.

–No te muevas, en un par de horas estoy ahí.

–¡Je, je, esto funciona! –pensó Ramón: ¿Para qué me voy a gastar el dinero en putas?, le contaré lo de mi enfermedad terminal, se compadecerá y aunque sea por última vez echaremos un par de polvos, je, je, je".

Efectivamente en menos de dos horas, llamaron a la puerta de la habitación. Natalia estaba más guapa que nunca, incluso se había maquillado ligeramente.

–¡Qué rápido has llegado!

–Me ha traído Julián.

–¿Quién?

–Si hombre, el de los yogures.

–¡¡Hay que joderse!! Yo muriéndome y tú...

–Vamos Ramón, no te pongas así. Bastante favor me ha hecho con traerme, ¿no? Haber, ¿qué es lo que te pasa? ¿Qué es eso de que te estás muriendo? Mi madre me ha dicho que estabas muy raro.

–Tengo una enfermedad, un cáncer en fase terminal.

–¿Qué dices...?, ¡Dios mío! ¿y cómo te has enterado?

–Esta mañana he estado en el médico, ya sabes que tenía visita... Y me lo ha confirmado. Menos de un mes me queda.

–Válgame Dios..., ¿cómo es posible, si estás tan lleno de vida?

–Los resultados de las pruebas no admiten duda. Me queda menos de un mes de vida, unas semanas tal vez.

Ramón, conocía muy bien a Natalia y efectivamente, la historia la estaba ablandando. Ahora ella le abrazaba, tratando de consolarle y entre gimoteo y gimoteo le besuqueaba. De modo que cuando él, la requirió sus favores, no solo no se mostró remisa, sino que se los concedió generosamente.

Pasada la medianoche, hartos de follar, ¡incluso lo hicieron en la ducha! Natalia se asomó al balcón, el frescor de la noche era vivificante. Ramón la abrazó, la besó en la nuca, acaba de decidir que esperarían juntos el final, allí en aquella habitación, viviendo como dos marqueses.

–¿Sabes...?, esta tarde han telefoneado del ambulatorio, un tal Miguel A. Matías… –dijo Natalia, muy seria.

–¡Ah, sí!, el psicólogo, ¿qué quería?

Natalia, se sentó en la barandilla de piedra del balcón y Ramón también, para seguir abrazándola. Se arrebujaron en los albornoces, hacía algo de frío:

–Parece ser que han confundido tu expediente con otro.

–¡¡¿Qué?!!

–El que sufre el cáncer terminal se llama Raimundo Bernárdez y tú, Ramón Fernández, tan solo tienes unas hemorroides inflamadas por el estreñimiento, probablemente, o una mala dieta. ¿Qué gracia verdad? Como ha dicho el tal Matías: "Eso, le puede pasar a cualquiera".

Ramón, preso por la sorpresa, la soltó para llevarse las manos a la cabeza y en ese momento Natalia le empujó con todas sus fuerzas, Ramón cayó por el balcón y a duras penas consiguió agarrarse a los barrotes de hierro forjado que embellecían la balconada:

–¡¡Ah, ayúdame Natalia, que me caigo!!

Ella se agachó, le agarró una mano y comenzó a soltarle los dedos uno a uno al tiempo que le decía:

–Ah, también me ha llamado el director del banco.

Lo que mantenía a Ramón paralizado de pánico, era sentir la tranquilidad con que Natalia, le estaba abriendo los dedos y explicándose al mismo tiempo:

–Para decirme que habías cancelado la Cuenta Vivienda, pero a pesar de todo el Seguro de Vida vinculado a la cuenta, te cubre hasta el mes que viene, ¿qué bien verdad? Es un millón de euros y yo su única beneficiaria.

–¡¡Ahh!!

Ramón se estrelló contra el suelo y la llorosa Natalia, precisó asistencia psicológica, a causa del shock producido por el suicidio de su novio.

El doctor Miguel A. Matías, psicólogo de guardia, la atendió en Urgencias, muy afectado por el suceso.

domingo, 12 de septiembre de 2010

¡DIOS LO QUIERE!


Hola, amigos y seguidores. En esta ocasión os comunico la publicación de mi novela histórica ¡DIOS LO QUIERE! en formato de libro electrónico.
En ella se narran los sucesos acaecidos durante la Primera Cruzada a Tierra Santa, protagonizados por uno de los miles de seguidores de Pedro el Ermitaño.

sábado, 28 de agosto de 2010

¡ENTERRADO VIVO!

Andrés despierta, al menos eso cree. Está estirado sobre una superficie dura y fría, percibe la frialdad en la mejilla. Abre los ojos y todo es oscuridad a su alrededor.

– Está oscuro, muy oscuro. ¿Dónde me hallo?, me falta el aire. No recuerdo nada. ¿Habré muerto?

Trata de incorporarse y su cabeza choca con algo blando. Apoya la barbilla en la dura superficie que le acoge. De repente una imagen se forma en su cerebro desconcertado: ¡Un ataúd!

– Estoy encerrado en un ataúd, ¡claro!, ¿pero...? Me han dado la vuelta, me apoyo sobre la tapa y tras de mí se halla el colchón, o lo que sea que llevan los féretros, donde debiera descansar. Estoy atrapado o peor ¡estoy muerto! ¡Sí, eso es!, he muerto y me han enterrado al revés. Como en aquel cuento macabro, en que entierran a un avaro boca abajo, ¿cómo era?: "La comida y el jergón, la comida y el jergón...". Pero, ¡qué cojones!, ¿cómo voy a estar muerto, si estoy vivo?

Mira a su alrededor tratando de valerse de sus manos. Imposible. Las percibe apretándole el estomago, su propio peso le inmoviliza, además de un extraño bulto.

–¡Mierda!, mira que si me he muerto y me han enterrado ¡al revés!, para que en caso de "despertar" no pueda escapar. Pero ¡coño!, ¿quién tendría tan mala leche? En aquél cuento se trataba de un avaro y usurero y los parientes deseaban librarse de él. Oigo voces. ¿Y si aún no me han enterrado?, tengo aire, puedo respirar. ¿Quizás todavía dura el velatorio?, incluso podría hallarme en la iglesia o en el tanatorio.

Ahora más nervioso mira a su alrededor, buscando los resquicios de la tapa del féretro. Sin duda no es hermético o ya habría muerto y el aire que percibe a su alrededor no parece viciado en exceso.

–¿Cómo o mejor dicho de qué he muerto?, soy joven, sin duda he sido asesinado, ¡asesinado!, ¿quién y por qué? ¡Mierda!, no recuerdo nada. Probaré a darme la vuelta. ¡Imposible!

Con los hombros topa con la tapa del ataúd. Trata de liberar las manos haciendo fuerza con las rodillas y la barbilla. Tras unos instantes de gran esfuerzo y con la barbilla dolorida, debe desistir.

–¡Mierda, tengo los brazos tan dormidos que no puedo moverlos!

Al fondo, a lo lejos, percibe lo que cree voces, susurros.

–¿Me estaré volviendo loco, o acaso son los espíritus, las fuerzas del más allá que vienen a buscarme?

Mueve la cabeza a derecha e izquierda, tratando de...

–¿Qué es eso? ¡una luz! ¡Dios mío es la "luz" que afirman haber visto los que han estado unos instantes muertos y han regresado. ¿Dos?, ¡no una, no, veo dos luces! Aquí pasa algo raro.

Trata de volverse sobre el costado izquierdo, a fin de liberar el brazo derecho. Haciendo fuerza contra su blanda tapa, nota el desagradable cosquilleo del despertar del brazo derecho dormido. Mientras mira fascinado las misteriosas "luces". Se aproximan a él:

-¡¡Seré gilipollas, pero si son dos ojos!!

Un suave ronroneo a la altura de la nariz, le indica que un ser vivo le está olisqueando.

-¿Un gato, me han enterrado con un gato? No recuerdo a ningún gato. Recuerdo que en algunas culturas, enterraban a la gente con sus pertenencias, sus mascotas y mujeres, incluso con sus seres más queridos. ¿Pero qué estoy diciendo?, desvarío. Tengo que salir de aquí, como sea.

Con un supremo esfuerzo arrastra el brazo de debajo de sí. El gato da media vuelta y desaparece en la oscuridad. Trata de recuperar la funcionalidad de la extremidad liberada y su estupor aumenta hasta lo indecible al alargarlo y no tocar las paredes, los lados de la caja, que en teoría deberían contenerlo.

El brazo derecho alargado en su totalidad, ninguna pared, ningún límite a su alrededor, al menos hasta donde puede abarcar. Abre las piernas cuanto puede. Tampoco tropieza con nada.

Se inclina cuanto puede sobre su lado derecho para así liberar el brazo izquierdo. Lo consigue y hace el mismo gesto que antes, lo que le lleva a reírse de sí mismo.

–¡Joder si parece que esté nadando en seco! Como se presente ahora el Sumo Hacedor, a pedirme cuentas, se va a partir el culo de risa viéndome hacer el gilipollas. ¡Un momento oigo voces y... ¿risas?! ¿Pero quién diablos va a reírse en un entierro? Aunque si no estoy en un féretro, esto no es un entierro. En ese caso, volvemos al principio, ¿dónde estoy? Las voces se hacen más cercanas, son de una pareja. Por lo menos tan solo distingo... ¡¡Más luz!!

Ahora la luz entra por los cuatro lados. Ansioso mira a derecha e izquierda y casi al mismo tiempo, el mundo se le viene encima. La superficie blanda que notaba encima, ahora le aprieta la cabeza contra la superficie dura sobre la que descansa.

–¡Estoy sobre un suelo!

Las voces, ahora gritos apagados y susurros, suben y bajan de tono. Un ritmo frenético de urgencia impaciente, se cierne sobre su cabeza, chupetones y jadeos le traen a la memoria...

–¡¡Una cama!!, me hallo bajo una cama. ¿Quién cojones ha dicho que estoy muerto o enterrado? ¡Seré gilipollas!

La pareja, porque ahora tiene claro que se trata de una pareja, está desnudándose con toda la torpeza que proporciona la premura por consumar el coito. Botones que se resisten, cremalleras que no bajan, corchetes que se enganchan.

–¡Estoy debajo de una cama...!, ¿pero qué hago aquí y quienes son ellos?

La pareja parece que lo ha conseguido, a juzgar por el sincopado vaivén que le golpea la cabeza contra, lo que ya sin dudas es el suelo de una alcoba. Los jadeos de la pareja indican el disfrute obtenido con la culminación del acto.

Andres, atónito, trata de recordar:

–¿Qué hago yo aquí o mejor qué hacen ellos ahí? Bueno lo que hacen ellos está bastante claro, ¿o no? Voy a salir, ahora mismo saldré y averiguaré qué es lo que pasa aquí. Pero, ¿y si la cago?

La pareja volvía a comenzar, tras un breve paréntesis en que aprovecharon para liberarse de las últimas prendas de ropa, reanudaron la cópula. Vio caer a su alrededor, bragas y pantalones tejanos.

– Vaya y parece que ahora es ella la que se ha puesto encima. ¿Qué hago?, y si aparezco en una casa extraña, ¡mierda no recuerdo nada y cómo me duele la cabeza!

El colchón seguía castigando su coronilla. Decidió esperar, más tarde o más temprano se cansarían, él saldría y todo se aclararía, o al menos eso confiaba.

Tratando de no llamar la atención alargó la mano y atrajo hacia sí los pantalones tejanos. Le supuso un esfuerzo tremendo pero aprovechó los bramidos de placer de la mujer para pasar inadvertido. Como pudo rebuscó en los bolsillos, ¡una cartera! La documentación no le decía nada, no conocía a ningún Fabián Gómez. Bueno, a uno sí, pero era un cura. Y un cura no iba a...

Uno de los dos se levantó del lecho, ella, se dirigió al lavabo y se duchó, instantes después preguntó:

–¿Todavía estas así?

–¿Sabes?, no me hago a la idea de que mañana te cases –replicó él.

– Venga, vístete.

–¿Pero qué le has visto a ese imbécil?

–Te tengo dicho que no me gusta que insultes a Andres, vístete, tengo que irme.

Una especie de luz se hizo en su mente, recordó llamarse Andrés:

–¡Casarse!, yo me caso mañana. Y el cura que me va a casar se llama ¡¡Fabián!!

De repente, mientras la pareja reanudaba sus forcejeos sexuales sobre su testa, Andrés recuperó la memoria:

–Esta tarde la he seguido. Elena, me prometiste... Nos prometimos amor eterno. Me prometiste... Nos prometimos reservarnos, nuestra virginidad, ¿qué otra cosa podríamos ofrecernos si lo poseemos todo?, para nuestra noche de bodas. Y hete aquí follando con ¡¡un cura!!, con nuestro cura; con el oficiante de nuestra propia boda, ¿cómo has sido capaz? Un amigo me avisó que algo pasaba. Te seguí hasta aquí, conseguí un juego de llaves del mismo amigo que tú. Siempre hay amigos bien dispuestos a jodernos la vida. Entré un poco antes que tú, mientras te entretenías en aparcar el coche en la parte de atrás. Pero esta mierda de apartamento carece de armarios, de modo que me escondí bajo la cama, lo que no consigo recordar es mi desvanecimiento y este dolor de cabeza que me impide...

La pareja se levantó de la cama y aún con ganas de jugar desaparecieron en el cuarto de aseo, probablemente se iban a duchar juntos. Andrés aprovechó para salir de debajo de la cama, percibía un fuerte dolor de cabeza, se tocó.

–¡Vaya chichón!

Se dirigió a la puerta de salida y abandonó el apartamento. Ya en el ascensor vio su imagen reflejada en el espejo. Vio a un individuo completamente vestido de negro y le extrañó un bulto a la altura de la cintura, apenas le permitía respirar. Una especie de cartera llena de herramientas.

El ascensor se detuvo en el vestíbulo, al abrirse las puertas varias personas esperaban ante la puerta para subir:

–¡Un hotel!, no es un apartamento, es un hotel.

–¿Sube o baja? –preguntó amablemente una mujer que esperaba.

–¿Eh?, no, bajo, bajo.

Apretó el botón del parking, de repente recordó su presencia en aquel lugar: Forzó la puerta de la habitación para robar, oyó llegar a sus ocupantes y al arrojarse bajo la cama se golpeó en la cabeza y la maldita bolsa de las herramientas le ahogó la respiración.

–¡Mierda no me caso mañana!, tan solo soy un vulgar ladrón de hoteles... Valiente patán.

domingo, 22 de agosto de 2010

ALESIA, novela histórica epistolar

Roma 708 a.u.c. (46 a.d.C.)

A mi muy querido padre:

Lástima que no hayas podido asistir a la celebración. En sus anales, Roma, no ha visto cosa similar, al decir de los viejos.

¿Recuerdas a aquel joven galo que encadenamos en Alesia, el que se proclamaba “rey de cien reyes”? Hoy no le reconocerías, flaco, demacrado, le han pintado la barba, ignoro si la intención era el escarnio o conferirle un aspecto mas feroz, pero tan solo han conseguido ridiculizarle. Ha sido ejecutado. Lo hubiese entendido tras la rendición de Alesia, yo mismo le habría degollado gustoso aquel día, en vez de encadenarle, ¿pero hoy qué sentido tenía...? Lamentable y absurdo ha sido ejecutarle como “traidor al pueblo de Roma”, ¿en qué traicionó?, luchó por la libertad de su pueblo y perdió, pero no hubo traición.

Han comenzado los festejos populares, además del Triunfo César celebra los fastos en honor de su hija Julia. Se han instalado triclinios para mas de sesenta mil comensales y las gentes comen y beben sin saciar sus apetitos.

Han repartido cien denarios, diez fanegas de trigo y diez libras de aceite para cada uno de los pobres de Roma, que suelen recibir ayuda del Estado. Se han condonado los alquileres de Roma durante un año hasta la cantidad de dos mil sestercios y hasta quinientos en el resto de Italia, realmente César se comporta con una generosidad esplendida.

Nosotros también hemos cobrado: a cada soldado raso le han tocado cinco mil denarios, lo que oyes ¡cinco mil, el jornal de veinte años!, diez mil a cada centurión y veinte mil a los tribunos, además de las tierras que nos han asignado.

Y que decirte de los espectáculos: combates de gladiadores, comedias en todos los barrios de la capital. Actores de todas las nacionalidades imaginables han acudido a Roma. Juegos de circo, atléticos, los atletas mas renombrados han luchado durante tres días en un estadio construido expresamente en las inmediaciones del campo de Marte. Danzas y bailes de las mas exóticas nacionalidades, incluso naumaquias. Recuerdo que un día comentabas con Orencio que te hubiera gustado presenciar uno de esos espectáculos ya que no participasteis en la expedición a la Britania. Para ello han abierto un lago, donde antes existía una vaguada, y han trabado combate naval trirremes tirias y egipcias, cargadas de soldados.

Han ensanchado la arena del circo por ambos lados, han abierto un foso que llenaron de agua, si como en Alesia, y en el han corrido bigas y cuadrigas, muchas de las retribuciones recién cobradas han desaparecido o incrementado con las apuestas.

Cinco días han durado los combates de fieras y como conclusión se dio una batalla en la que participaron quinientos peones, trescientos jinetes y los cuarenta elefantes.

Tales eventos han atraído a Roma tal cantidad de forasteros, que no hay quien de un paso por las calles atestadas. Con las posada llenas a rebosar, incluso han desalojado a las caballerizas para alquilar sus sitios a los viajeros, las gentes duermen en tiendas de campaña, en calles, plazas o el extrarradio. Con motivo del anuncio de algún evento señalado se ha producido algún tumulto y en la avalancha han fallecido aplastadas por la multitud algunas personas.

Estoy deseando marchar, nos hemos reunido los veteranos de mi legión con tierras colindantes para formar una caravana y partir hacia nuestras fincas en cuanto tengamos las concesiones en firme.

Estoy, todos lo estamos, ahíto de sangre, tanta muerte, tantos campos talados, abrasados los sembrados, degollado el ganado, la miseria y el hambre campan por doquier y eso ¿para qué?, para ensalzar y glorificar a un solo hombre. Si pues aunque combatimos bajo el símbolo del Senado, SPQR, en realidad servimos los intereses, la ambición de un canalla, claro que como dicen mis compañeros es “nuestro canalla”, y le entregaríamos la vida gustosamente.

He pensado en buscar una familia de arrendatarios galos para que trabajen la tierra. Me gustaría criar caballos. Aunque de momento instalaré una herrería. Lamento no haber prestado mas atención cuando me enseñabas los secretos del oficio... Nos ha correspondido muy cerca de donde estuvo Alesia.

Aprovecharé para colocar una lápida que señale tu tumba.

Con cariño tu hijo Marco.

domingo, 15 de agosto de 2010

ALESIA, novela histórica epistolar

Roma 707 a.u.c. (47 a.d.C.)

A la mayor traidora que hayan conocido los tiempos, Arsínoe:

Los dioses me aseguran que César vencerá. Y esa seguridad y la paciencia que conlleva el ejercicio del gobierno de mi pueblo es lo que me da fuerzas para rebajarme a tratar con sabandijas del légamo. Aunque no lo creas lamento profundamente tu situación de cautiverio, por excesivamente grato, y si por mi fuese hace tiempo que yacerías en cualquier muladar ocupada en alimentar ratas con los miembros de tu despedazado cuerpo. Pero todo llegará, los dioses me han hecho ver la necesidad de concederte una muerte lenta y dolorosa y tan solo la celebración del Triunfo, del padre de mi hijo, se interpone entre los hierros candentes del verdugo y tus carnes.

La vida es hermosa, plena de alicientes, nunca sabrás lo que es abrazar el fruto de tu vientre, a menos que el verdugo te muestre tus propias tripas; ni sentirás el calor de unos bracitos alrededor de tu cuello, nada que ver con la soga de la horca; ni gozarás del arrullo de una infantil voz llamándote “mamá”; ni tus pechos amamantaran otras bocas que las de los carceleros.

Sufre, Arsínoe, rabia, muérete de pena, dame ese gusto.

Cleopatra VII, reina de Egipto, la nueva Isis.

domingo, 8 de agosto de 2010

ALESIA, novela histórica epistolar

Egipto 707 a.u.c. (47 a.d.C.)

Querida Cornelia:

Te preguntas, sin duda, quién es esa Cleopatra, capaz de subyugarme.

Aunque siempre confiaste en mi, la mutua confianza fue un acicate mas de nuestro amor, me agradaba i emocionaba cuando los celos encendían en tus ojos aquel brillo que ahora recuerdo tan vivo y de color semejante al Nilo.

Tras las duras jornadas de lucha en Alejandría, llevo perdido en este río mas de lo debido. Va siendo hora de retornar a Roma, mis enemigos estarán conspirando a sus anchas...

Perdido, no creas, es una buena definición, caí preso de los encantos de esa Cleopatra, sin ser de inconmensurable belleza, su trato es tal que resulta imposible resistirse, si ya, me dirás que es una escusa de viejo verde, yo paso de los cincuenta y ella apenas alcanza los veinte años de edad. Los encantos de su figura, secundados por las gentilezas de su conversación además del egipcio, habla el arameo, el hebreo, el árabe, el etíope, el medo, incluso chapurrea con corrección la lengua de los troglodita, el parto y por supuesto nuestro latín. En la conversación además de amena y ocurrente es voluptuosa y trata con sensualidad conocimientos de Música, Historia, Ciencias Políticas, además de Matemáticas, Literatura, Astronomía y Medicina.

Si ya sé que me dirías que los meses que llevamos navegando por el Nilo, no nos los hemos pasando tratando temas filosóficos o resolviendo problemas de álgebra y tienes razón, mas que disculparme trato de darte a conocer una mujer excepcional con quien a buen seguro trabarías sincera amistad.

Lo cierto es que el "amor" que me ha brindado me resulta tan interesado, que por contraste con el que de ti recibí, me ha llevado a añorarte un poco mas, si es que cabe mas añoranza en mi corazón.

Mi muy querida Cornelia, te fuiste tan pronto...

He conocido en Egipto, tierra de gentes notables, al sabio Sosígenes, me va a ayudar a adecuar nuestro calendario. Siempre te quejabas de la absurdidad de iniciar la primavera en el frío marzo, cuando la bonanza del tiempo no llegaba hasta bien entrado mayo, ¿qué dirías viendo que hoy en día las fiestas de la Recolección no coinciden con el estío ni las de la Vendimia caen en otoño? Me ha sorprendido la simplicidad del calendario egipcio, tienen doce meses como nosotros, pero al último le añaden cinco días para completar el ciclo solar. El dicho astrónomo afirma, no obstante, que el ciclo estacional es de trescientos sesenta y cinco días y un cuarto, de modo que cada cuatro años deberemos añadir un día a un mes para mantener...

Disculpa la perorata, bien sabes que no es por cambiar de tema, en ocasiones la pasión me lleva por la ramas.

En cuanto a Cleopatra, ¿qué decirte de ella?, me atrae, me engatusa, me conmueve, me divierte...

Como reina de Egipto, estoy seguro es la mejor elección, muy por encima de la desleal Arsínoe. Aunque ofreció soldados egipcios a Pompeyo, no dudo de su lealtad a Roma, mientras Roma sirva a sus propósitos, por ahora coincidentes para ambas naciones.

Ha instaurado nuevas leyes, sin importarle el enfrentamiento con la nobleza y la clase sacerdotal, mas favorables a su hermana. Ha devaluado la moneda egipcia para favorecer las exportaciones...

En fin aunque pretendo disimular con politiqueos la nostalgia de ti que me muerde el alma, no lo consigo.

Qué no daría por abrazarte de nuevo.

Cayo Julio